La sicología imperial de odio y desprecio respecto a Cuba, tiene más de dos siglos de existencia.
Por la posición geográfica que ocupa, y por la importancia económica, política y militar de su posesión, desde los primeros momentos del surgimiento de Estados Unidos, Cuba fue para los sucesivos gobiernos del norte, una añorada y preciada joya.
Imbuidos sus políticos en el convencimiento de la misión divina en la tierra que propugnaba la doctrina del Destino Manifiesto, con un odio visceral a todo lo que no fuera anglosajón, exterminaron a los habitantes autóctonos de lo que sería Estados Unidos, arrebataron a México la mitad de su territorio, tildaron de salvajes a sus habitantes, y trataron con aires de prepotencia, desprecio y superioridad a los pueblos de nuestro continente.
En 1802, el gobernador del territorio de Mississippi, William C. Claiborne, informaba al presidente Thomas Jefferson, que: «[…] en el desarrollo de los acontecimientos nada deseo más que ver la bandera de mi país ondeando sobre el castillo de El Morro. Cuba es la entrada real del Mississippi, y la nación que la posea puede en el futuro mandar en el hemisferio occidental […]».
Hacia 1820, Jefferson expresaba que nuestra Isla era «…la adición más interesante que jamás pudiera hacerse para nuestro sistema de estados”, y al dirigirse al secretario de la Guerra, John C. Calhoun, le recomendaba «debemos, a la primera oportunidad, apoderarnos de Cuba».
John Quincy Adams, secretario de estado del presidente James Monroe, el 28 de abril de 1823 expondría su famosa doctrina de la Fruta Madura: «Cuando se echa una mirada al curso que tomarán probablemente los acontecimientos en los próximos cincuenta años, casi es imposible resistir la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra república federal será indispensable para la continuación de la Unión y el mantenimiento de su integridad. Pero hay leyes de gravitación política como las hay de gravitación física, y así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quisiera, dejar de caer en el suelo, así Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana, mientras que a la Unión misma, en virtud de la propia ley, le será imposible dejar de admitirla en su seno».
Ese mismo año, en su discurso ante el Congreso de la Unión del 2 de diciembre de 1823, el presidente Monroe hizo pública la política de Estados Unidos sobre el nuevo orden político que se estaba desarrollando en el resto de las Américas y el papel de Europa en el hemisferio occidental, conocida como Doctrina Monroe que tenía como esencia, «América para los americanos», interpretándose ellos como propietarios del gentilicio.
El 10 de mayo de 1825, Henry Clay, Secretario de Estado del ahora presidente John Quincy Adams, en carta al ministro de los EE.UU. en Rusia, explicaba el dilema de aquellos momentos en torno a Cuba: «Por la proximidad de Cuba a los Estados Unidos, por su valioso comercio y naturaleza de su población, su Gobierno no puede ser indiferente a cualquier cambio político a que pueda estar destinada esa Isla. La Gran Bretaña y Francia también tienen grande interés en cuanto a su suerte, lo que debe mantenerlas muy atentas a todos esos cambios. En una palabra, ¿Qué Estado europeo no tiene mucho interés directo o indirecto y cualquiera que sea, en el destino de la más valiosa de todas las Antillas?»
Esos intereses llevaron a los diferentes gobiernos estadounidenses a garantizar la permanencia de Cuba en manos de España, mientras no estuvieran creadas las condiciones económicas y militares que aseguraran arrebatársela. A pesar de su declarada neutralidad, apoyaron con todo tipo de logística al colonialismo español en su lucha contra los independentistas cubanos, a los que persiguieron con saña durante los treinta años de lucha por nuestra independencia.
Fabricando pretextos humanitarios, intervienen en la guerra en 1898 disfrazados de libertadores y amigos del pueblo cubano, para en pocos días mostrar su verdadero rostro racista y despreciativo. Los independentistas cubanos, de valientes soldados, pasaron a ser tratados por la prensa, los militares y los interventores estadounidense como salvajes, indisciplinados, como hordas de forajidos sin valores, lo mismo que los habitantes de una Isla que tras cruenta guerra que incluyó la terrible experiencia de la reconcentración del capitán general español Valeriano Weyler Nicolau y los efectos directos del bloqueo naval yanqui a la Isla, quedaban traumados, tras años de tenaz resistencia, con el arrebato de una soberanía ganada en épica contienda.
El general Leonard Wood, segundo gobernador de la isla tras la ocupación en 1899, al referirse a los patriotas que discutían en la Asamblea Constituyente los destinos de Cuba, con desprecio los identificaba como «[…] los peores agitadores y sinvergüenzas políticos de Cuba […]”, o como “[…] los degenerados de la convención, dirigidos por un negrito de nombre Juan Gualberto Gómez, hombre de hedionda reputación así en lo moral como en lo político». Tanto era el odio visceral y desprecio del general norteamericano contra los independentistas cubanos.
El 20 de mayo, nació en Cuba una república a medias, atada a la Enmienda Platt y el derecho de intervención del vecino del norte. En la psicología de la clase política y gubernamental estadounidense, había odio y desprecio hacia el pueblo cubano. El 9 de diciembre de 1903 el senador por Nevada Francis Newsland, expresaba sin ambages ante el Congreso que «Cuba sería deseable si por media hora pudiera ser hundida en el mar y entonces emerger cuando todos hayan perecido».
En términos parecidos se expresaría el senador de Dakota del Sur Richard Pettigrew, quien ofreció para Cuba una solución similar: «…la isla no tendrá valor para nosotros a menos que sea hundida veinticuatro horas para librarla de su actual población».
El presidente Teodoro Roosevelt, enaltecido hoy por los anexionistas de Miami como Libertador de Cuba, en septiembre de 1906, durante la segunda intervención militar de Estados Unidos en la Isla, expresaría: «Estoy tan enojado con esa infernal pequeña república cubana que me gustaría borrar a su pueblo de la faz de la tierra».
Era el mismo pensamiento del empresario Cyrus Duvall, recogido por el diario Washington Post el 13 de agosto de 1900: «Si, si primero pudiera hundirse la isla por una media hora (…) Si todas las cosas vivas pudieran ser removidas y purificarse la tierra con fuego y agua, y repoblarla con norteamericanos, entonces sería un paraíso en la tierra».
La sicología imperial de odio y desprecio respecto a Cuba, tiene más de dos siglos de existencia. Las declaraciones recientes del presidente de los Estados Unidos Donald Trump a raíz de la agresión perpetrada contra la República Bolivariana de Venezuela, son de la misma clase. «No creo que se pueda ejercer mucha más presión, salvo entrar y destrozar el lugar», señaló en una entrevista con el periodista Hugh Hewitt.
Es el desprecio a los pueblos que denunciara José Martí en su artículo «Vindicación a Cuba», en 1889, en respuesta a las ofensas de un periódico estadounidense: «…No somos los cubanos ese pueblo de vagabundos míseros o pigmeos inmorales que a The Manufacturer le place describir; ni el país de inútiles verbosos, incapaces de acción, enemigos del trabajo recio, que, junto con los demás pueblos de la América Española, suelen pintar viajeros soberbios y escritores. Hemos sufrido bajo la tiranía; hemos peleado como hombres, y algunas veces como gigantes, para ser libres…»
Somos el pueblo sacrificado, estoico y valiente que enfrentó al más poderoso imperio colonial que jamás piso tierra americana; que sin más ayuda que la solidaridad de otros pueblos, logró su absoluta independencia el 1ro de enero de 1959, y que de manera desinteresada contribuyó a la de países hermanos del tercer mundo en su lucha contra el colonialismo.
Amigos solidarios, émulos de los cientos de extranjeros que pelearon en nuestras guerras independentistas, cerrando filas con Cuba, han patentizado para el mundo cual sería el destino de esta Isla y su Revolución, en caso de que se le imponga una guerra de exterminio. El poeta inglés Adrian Mitchell legó, en su poema «Cómo matar a Cuba», una lección para los imperialistas estadounidenses.
Debes quemar a la gente primero.
Después el pasto y los árboles, después las piedras.
Debes cortar la isla de todos los mapas,
de los libros de historia, sacarla de los viejos periódicos
incluso los periódicos que odiaron a Cuba.
Y quemar todo esto, y quemar
Las pinturas, los poemas y las fotografías y las películas
y cuando hayas quemado todo esto,
debes enterrar las cenizas
debes proteger el sepulcro
Y solo entonces
Cuba estará solamente muerta como el Ché Guevara
Técnicamente muerta, eso es todo,
Técnicamente muerta.