26 de julio de 1953: El asalto a la utopía

Fidel junto a un grupo de futuros moncadistas
26 de julio de 1953: El asalto a la utopía

En saludo al aniversario 73 de los asaltos a los Cuarteles Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, y Moncada, en Santiago de Cuba, reproducimos fragmentos tomados del libro El Moncada, la respuesta necesaria del historiador cubano Mario Mencía.

Por:
Centro Fidel Castro
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Desde YouTube: FIDEL Y EL 26 DE JULIO  

Horas previas al combate

«Cuando Fidel Castro entra a Santiago de Cuba y baja con sus compañeros de viaje a tomar café en la plaza de Marte, las congas, las charangas y los bulliciosos grupos de bebedores y bailadores que entretejen las calles en todas las direcciones, muestran que está en su apogeo una de las más pintorescas fiestas populares cubanas: el carnaval santiaguero», así comienza Mario Mencía el capítulo donde relata en detalle los instantes previos a los combates de aquel 26 de julio de 1953 y que recoge en su libro El Moncada, la respuesta necesaria.

El historiador precisa que con la llegada de Fidel a Santiago, Abel le informa de los últimos detalles, la distribución de los grupos para el hospedaje donde los jóvenes descansarían algo antes de entrar en acción y las órdenes que se habían dado para preparar lo que sería la comida: 

«Tal como estaba previsto, los tripulantes de los carros guiados por Tizol y Marrero llegaron directamente a la granjita. Se les había dado de comer y estaban descansando. Los de Alcalde, Chenard, Florentino y Quintela se alojaron en Celda 8. Los de Darmau, Ángel Díaz y parte de los de Héctor de Armas, en la casa de huéspedes La Mejor, al lado de la clínica Los Ángeles, frente al hotel Rex, a donde arribaron Boris Luis y Montané con sus pasajeros, así como los artemiseños Pepe Ponce, Roberto Galán, Rosendo Menéndez y Ramón Callao que habían llegado en ómnibus. El resto de los viajeros de ómnibus bajo la custodia de Miret y Léster fueron a la casa de IN 204, detrás del estadio Maceo, y los que lo hicieron por tren se hospedaron en el hotel Perla de Cuba, frente a la terminal de ferrocarriles». 

Los lugares de hospedaje 

«La vivienda en Celda No. 8 era una vieja casona de una sola planta. En ella se acomodaron unos treinta compañeros. La puerta de entrada daba directamente a un gran comedor. Había un movimiento perpetuo, puesto que algunos llegaban y otros se iban a comer a la calle en grupo de tres o cuatro. Todos en público, sólo hablaban de la fiesta». 

Los testimonios recogidos aseguran que en el caso de los que estaban hospedados en el Perla de Cuba fueron recogidos por Renato y Abel, quienes los esperaban en la estación ferroviaria. «Les indicaron que pasaran la calle y fueran para el hotel de enfrente, donde tenían habitaciones separadas. Recogieron las maletas que algunos de ellos llevaban, las metieron en sus autos y partieron. Comen arroz con pollo, que fue solicitado por Abel al arrendatario del restaurante en el hotel ese mismo día… varios escribieron cartas, pero solo uno la entregó para ser enviada. Algunos estuvieron por la tarde en la acera del hotel mirando las congas y las gentes que pasaban disfrazadas. Al dar la orden, todos fueron para sus habitaciones. 

«De más categoría que el Perla de Cuba, el hotel Rex estaba ubicado en Victoriano Garzón esquina a Marte, en un edificio de dos plantas todo de mampostería que contaba con 40 habitaciones, de las que se alquilaron seis. Allí se alojaron los once que viajaron en los autos de Montané y Boris Luis y cuatro artemiseños que llegaron en ómnibus, en total quince». 

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Granjita Siboney

La Granjita Siboney es declarada museo el 23 de julio de 1965.

«Para la Granjita de Siboney se fueron trasladando todos los grupos desde los distintos lugares de alojamiento. Guiados por Renato, en su auto y en los de Alcalde, Quintela y Chenard, los de Celda 8 fueron los primeros. Alcalde, con su carro, se unió a Renato y Abel. De esa forma, desde las 10:00 de la noche, más o menos, en que la fiesta del carnaval gana en bullicio, comienzan a ser recogidos los hombres de la calle I, los del Perla de Cuba y los de la casa de huéspedes, y son concentrados en la granjita». 

Los jóvenes estuvieron aislados y separados hasta su traslado al lugar de la reunión definitiva. «Suponiendo que se hubiera deslizado entre ellos un delator, en todo caso hubiera podido traicionar a su propio grupo, revelando que se encontraba ahí quizás para una acción armada, pero no hubiera podido precisar el objetivo del ataque, ni localizar a los demás grupos, ni decir dónde se encontraban el lugar de reunión, las armas y los jefes. Casi ninguno de los combatientes conocía Santiago, no sabían a dónde los llevaban, y en cuanto llegaron a la granjita, la traición o la huida ya no eran posibles». 

Últimos movimientos de Fidel antes del ataque    

«Cuando Abel terminó de informar a Fidel todo lo relacionado con el arribo de hombres, carros, armas, parque y uniformes, allí, en la granjita, ya estaban concentrados los 115 hombres, además de ellos dos, Elpidio Sosa, Haydee y Melba, y contaban con 14 automóviles, incluidos el de él y el Buick en el que acaba de llegar Fidel. 

A las 2:00 de la madrugada, faltando 3 horas y 15 minutos para el inicio de las acciones Fidel dio la orden de sacar y preparar todo el armamento, mientras él salía con Abel para Santiago. Fidel estaba preocupado por la ausencia de Gildo Fleitas que traía en su carro los discos para llamar al pueblo por radio en una programación especial y le faltaba por realizar una última cosa del plan.

«Al llegar a la plaza de Marte, Abel detuvo su carro. Fidel le orientó encontrarse con el doctor Muñoz en Melgarejo y regresar al mismo lugar en que ahora se bajaba junto a Pedro Trigo. Mientras este esperaba en medio de la algarabía carnavalesca, Fidel se perdió de vista caminando por una calle, solo. Era su propósito que el dirigente ortodoxo y afamado comentarista político Luis Conte Agüero, se encargara de coordinar y animar la transmisión radial que se había proyectado para llamar al pueblo, una vez tomado el campamento. Tocó en su casa. No estaba, había permanecido en La Habana ese fin de semana». 

Fidel en el torrente de aquella multitud santiaguera vio a Gildo Fleitas bailando en una conga por el medio de la calle. «A Fidel le da gracia. Lo llama. Le pregunta qué le había pasado, al tiempo que se les unen Benítez, Tápanes, González Sijas, Sosita y Armelio Ferrás…. En ese instante llegan Abel, Mario Muñoz y el joven bancario Julio Reyes Cairo». 

Cuando llegan a la granjita Siboney eran ya 127 hombres, aproximadamente, y dos mujeres, y tenían 16 automóviles a su disposición. Fidel ordena ponerse los uniformes que horas antes Melba y Haydee habían planchado. Se distribuyen las armas. Faltaban solo dos horas para la acción. 

Plan de acción 

Los jóvenes que habían viajado hasta Santiago de Cuba por diferentes vías se encontraban reunidos en la granjita Siboney, a 17 kilómetros de Santiago de Cuba. Todo parecía estar listo para la acción. 

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Cuartel Moncada 1953

«Para el ataque al Moncada el contingente se subdividía en tres grupos. Fidel había decidido tomar el mando directo del más importante y de mayor riesgo: el que penetraría en el campamento. Léster, a la cabeza de una escuadra, se posesionaría del Palacio de Justicia. Abel tendría el mando del grupo de unos 20 hombres que debían ocupar el hospital Saturnino Lora», cuenta Mencía.

Se afirma que Abel había pensado ofrecerse como voluntario para el grupo de vanguardia que debía neutralizar a los centinelas de la posta 3, y entrar primero en el cuartel, pero Fidel consideraba que era el más capaz de continuar y dirigir la lucha, en caso de que él pereciera, y no estaba dispuesto a dejarlo correr tanto riesgo. 

Para el grupo de avanzada se solicitaron voluntarios y a pesar de que muchos se ofrecieron, Fidel escogió a Pepe Sánchez y Ramiro Valdés y a otros tres jóvenes de Artemisa: Rigoberto Corcho, Flores Betancourt y Carmelo Noa. También se eligió a Montané, Tassende, Pedro Marrero y designó a Renato jefe de la operación. El papel de este grupo era importante para el éxito del ataque. 

Melba y Haydee le comunican a Fidel su determinación de participar en la acción armada y aunque él se negó, tras la intervención del Dr. Muñoz, se hizo la consulta a Abel quien dio su consentimiento. 

«Muchos nunca se habían visto o no se habían dirigido la palabra, pero sabían que este y aquel y el otro eran su semejante, su hermano que lucharía junto a él, por la misma causa y contra el mismo enemigo. Y unos discretamente, otros, más expresivos, mostraban aquella cálida confraternidad que los embargaba. Así, Melba ayudaba a Boris, a quien conocía, a ponerse la corbata y el doctor Muñoz le hace el nudo de la suya a Rosendo Menéndez, a quien no conocía. Algunos bromeaban mientras se ponían el uniforme del ejército que iban a combatir. A uno le quedaba un poco ancho, otro llevaba zapatos blancos y amarillos, a un tercero le quedaban los pantalones en el tobillo; la gorra le bailaba en la cabeza, al de más allá; uno tenía zapatos blancos y negros». "Tienes tipo de general", "Pareces un esbirro" eran las bromas que se decían aquellos hombres reunidos por una causa: derrotar al dictador Fulgencio Batista que un año antes había dado un golpe de Estado.  

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Al centro Fidel y Abel

A las 4 de la madrugada y a 15 minutos de Santiago ya estaban preparados en la granjita. «Fidel habló: - “Compañeros, escúchenme…las conversaciones en voz baja cesaron y todos se volvieron hacia él. Cuando se hizo la calma, les dijo: “Vamos a tomar el cuartel Moncada. Será una operación rápida y por sorpresa. No debe durar más de diez minutos”. Expuso el plan». 

«Los combatientes irían en 16 automóviles. La escuadra del primer auto, provechando la confusión que provocarían sus uniformes, harían prisioneros a los soldados de la posta 3, quitaría la cadena entre los dos pequeños blocaos de la entrada. Los automóviles entrarían al campamento. El de él al frente. Cuando el de él se detuviera, los que lo seguían se detendrían también. Los combatientes saldrían de los autos, penetrarían en la edificación, llegarían a los dormitorios, harían prisioneros a los que se rindieran y a los demás los rechazarían hasta el patio del fondo del campamento. 

Un segundo grupo, formado por unos 20 combatientes se apoderaría del hospital provincial donde estarían apostados los hombres cuidando la retaguardia e intentar impedir que los soldados salieran por esa puerta. Mientras el tercer grupo de seis hombres ocuparía el Palacio de Justicia, desde donde se dominaría visualmente los techos de las edificaciones del campamento. 

Y es durante estos momentos en que Fidel da muestra de la ética revolucionaria que lo caracterizaría toda su vida. La primera cuando le preguntan que debían hacer en caso de tomar prisioneros: “Trátenlos humanamente. No los insulten. Y recuerden que la vida de un hombre desarmado debe ser sagrada para ustedes”. Después cuando expuso el plan general: “Es voluntariamente como ustedes se han adherido al movimiento. Y, hoy, es voluntariamente como ustedes deben participar en el ataque. Si alguno no está de acuerdo, es ahora cuando debe retirarse”. 

Después de algunas vacilaciones el contingente se quedó en 117 hombres y dos mujeres. Se dio paso a la lectura de la proclama que la noche del miércoles a jueves de esa semana redactara Raúl Gómez García. «Movidos por un secreto resorte emocional comenzaron a cantar el Himno Nacional, en un susurro, refrendando sus impulsos de expandir el pecho y gritarlo a plena voz». 

No era necesario nada más. Estaba a punto de comenzar lo que cinco meses después Fidel definiría como el momento más feliz de toda su vida: “aquel en que volaba hacia el combate”. 

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Referencia

Mencía, Marío: El Moncada, la respuesta necesaria. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado. La Habana, 2006. 

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