Conferencia impartida en el espacio de la Cátedra de Estudios Históricos del Centro Fidel Castro Ruz. Por su extensión y decisión de su autora se dividió en dos partes.
Parte I- Presidio en Isla de Pinos de Fidel Castro
El domingo 26 de julio de 1953, una representación de la Generación del Centenario, liderada por Fidel Castro, asaltaron a los cuarteles Moncada de Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo. Fidel Castro fue el principal acusado de la Causa No. 37 de 1953 del Tribunal de Urgencias de Santiago de Cuba, que lo condenó a 15 años de prisión. El revés sufrido en el Moncada parecía confirmar, en el contexto de 1953, los criterios de la oposición pacifista y electorera, de que no era posible derrocar a un régimen por tiránico que fuese, sin contar con el apoyo del ejército o de una intervención militar de los Estados Unidos. A los asaltantes se les tildó de jóvenes románticos, locos o aventureros por los acuerdos políticos «sin principios». De loco y aventurero tildaron a Martí, no pocos de sus enemigos cuando se enfrascaba en la aparentemente imposible tarea de aunar voluntades entre veteranos y pinos nuevos, en los preparativos de la Guerra Necesaria. Por ello, la oposición miraba a los moncadistas, como muchachos sin juicio que provocaban a la dictadura.
Fidel en prisión preventiva en la cárcel provincial de Boniato, leía y escribía mucho para la preparación de su defensa, prácticamente ni dormía. El viernes 16 de octubre de 1953 compareció ante los magistrados, por los hechos del Moncada, que tuvo como escenario la reducida sala de enfermeras del Hospital Saturnino Lora de Santiago de Cuba, donde pronuncia su alegato de autodefensa «La historia me absolverá».
El 17 de octubre se produjo la entrada de Fidel Castro al Reclusorio Nacional de Isla de Pinos, cuatro días después del resto de sus compañeros. Todos fueron ubicados en el pabellón número uno del hospital-prisión, separados del resto de la población penal. Ninguno de ellos se amilanó ni perdió el espíritu combativo. Rápidamente organizaron diferentes actividades revolucionarias relacionadas con la superación cultural y política. Fidel y sus compañeros crearon la Academia ideológica Abel Santamaría Cuadrado, con una pequeña pizarra y la mesa de madera en que comían. Esta Academia y la lectura de los libros llenaba gran parte de su tiempo. Como señaló Fidel:
«Los muchachos todos son magníficos. Constituyen la élite porque han pasado por mil pruebas. Los que aprendieron a manejar las armas, aprender a manejar los libros para los grandes combates de mañana. La disciplina es espartana, la vida es espartana, la educación, es espartana; todo es espartano, y tal su fe y su firmeza inquebrantable».
También fundaron una modesta biblioteca Raúl Gómez García. Esta se nutrió principalmente por donaciones hechas por la generosidad de numerosos amigos, principalmente eran volúmenes de materia política, económica y social. Además de obras clásicas de la literatura castellana. Dentro de este estilo de vida en presidio, la petición de libros constituía para los moncadistas, una preocupación constante. Guido García Inclán, que los visitó varias veces, relató que cuando les preguntaba que quería que les mandaran, Fidel siempre les respondía que «libros, libros. Y acuérdate de los de Martí».
Un aspecto que no puede soslayarse cuando se observa en detalles la correspondencia de Fidel en este periodo, es su manifiesta conciencia de lo histórico, que ya se aprecia en él en momentos anteriores. En este sentido es total su identidad con la idiosincrasia de las personalidades mayores en nuestra historia, desde Céspedes y Agramonte, pasando por Maceo y Máximo Gómez y que se da permanentemente en todos nuestros próceres del siglo XIX que culminan con José Martí, hasta llegar a Julio Antonio Mella. Hay clara conciencia de participación en el acontecer histórico nacional. Hay una profunda pasión, un profundo amor por nuestra propia historia, un sano orgullo, un legítimo deseo de pertenecer a ella. En marzo de 1954 recibe las Crónicas de guerra de Antonio Maceo, escritas por José Miró Agenter, que había sido libro de permanente lectura para Fidel y para muchos de los moncadistas en los meses previos al asalto al Moncada. Con los pocos pesos y escasos abastecimientos que familiares y amigos les podían depositar a sus nombres hicieron una cooperativa de distribución igualitaria.
Los moncadistas realizaban actividades recreativas muy limitadas, debido a su situación de extremo confinamiento, como los juegos de ajedrez, ping pong y voleibol.
El 12 de febrero de 1954, cuando el dictador Fulgencio Batista, visitaba el Penal para inaugurar la planta eléctrica de la prisión, los moncadistas entonaron a toda voz la Marcha del 26 de Julio, creada por Agustín Díaz Cartaya. Batista creyó en un principio que se trataba de una bienvenida y después se le notó su disgusto, al abandonar el reclusorio. Por esta acción serían severamente castigados Fidel, Ramiro Valdés, Ernesto Tizol, Israel Tápanes y Agustín Díaz Cartaya. Estos fueron trasladados al pabellón 2 de los enfermos mentales hasta el 1 de marzo de 1954. Mientras que Fidel fue trasladado en solitario a una celda separada del resto de los compañeros hasta la excarcelación y sin luz eléctrica. Estuvo 138 días en solitario. En agosto de 1954 modificaron las condiciones carcelarias. Fidel relató su situación:
«Hace varios meses no puedo ver a mi hermano que está a 50 metros de mi celda (…) Solo tengo compañía cuando en la pequeña funeraria que está delante de mi celda tienden algún preso muerto que en ocasiones son ahorcados misteriosos, asesinatos extraños en hombres cuya salud fue aniquilada a fuerza de golpes y torturas (…) »
Ni tan sólida la tiranía como se autoproclamaba, ni tan hábiles sus aparatos represivos. Desde una celda, incomunicado, Fidel iba a encontrar formas inteligentes para eludir la constante vigilancia que sobre él se ejercía. Secretamente con el exterior. Uno a uno saldrá de sus manos mensajes, orientaciones y lo más importante de todo, fragmento a fragmento la reconstrucción de su autodefensa «La historia me absolverá».
La propagación y divulgación de ese texto fue una obra maestra de trabajo clandestino efectuado en las más difíciles condiciones, desde una celda y bajo confinación en solitario. Lidia Castro, la hermana siempre activa y en disposición de correr todos los riesgos, será el centro de enlace de todo este proceso de elaboración del extenso documento. En fragmentos, en tinta, con zumo de limón, fue Fidel reconstruyendo su autodefensa. Lidia, Melba y Haydée les pasaban una plancha caliente y, entre las líneas escritas a tinta, iban surgiendo los fragmentos de la autodefensa. Fue una complicada distribución, entre ella se destaca la labor realizada por los hermanos Ameijeiras.
Simultáneamente denunciará el carácter espurio de las elecciones convocadas por el régimen para noviembre de 1954, atenderá la reorganización del movimiento revolucionario dentro y fuera de Cuba. El 18 de junio de 1954 insiste:
«Considero que en estos momentos la propaganda es vital; sin propaganda no hay movimientos de masas; y sin movimientos de masas no hay revolución possible».
Fidel realiza una denuncia, sin espacio en la prensa, que se reproduciría mecanográficamente y circularía por los canales clandestinos bajo el título de Manifiesto de la Nación (1954):
«Con la sangre de mis hermanos muertos, escribo este documento. Ellos son el único motivo que lo inspira. Más que la libertad y la vida misma para nosotros, pedimos justicia para ellos (…) ¿Por qué no se han denunciado valientemente las atroces torturas y el asesinato en masa, bárbaro y vesánico, que segó las vidas de setenta jóvenes prisioneros (…)»
Pero el manifiesto con toda su fuerza, resultaba insuficiente. Continuaba el silencio y era muy limitado el alcance de su divulgación.
En el forcejeo de la carnavalesca reorganización de partidos y la posterior campaña electoral de Batista se había visto forzado a un mínimo de concesiones con el fin de «crear un clima propicio para la celebración de las elecciones con plenas garantías». El tema de la amnistía fue pues uno de los primeros puntos en la agenda de discusión.
La circulación clandestina de «La historia me absolverá» coincidente con el escándalo desesperanzador de las amañadas elecciones de noviembre, confería a Fidel extraña cualidad de su presencia invisible, acusadora, organizadora, de nuevo preparadora de la guerra contra la tiranía, evocadora del heroísmo. Fidel se erigía en el más peligroso conspirador.
En mayo de 1954 se había elaborado un primer documento, gracias a la labor abnegada de un grupo de familiares de los combatientes Madres de toda Cuba. Y firmaron las madres María Estela Aguilera (madre de Ernesto Tizol), Rosario Bosque de Almeida (madre de Juan Almeida), Luisa Prieto de Miret (madre de Pedro Miret) y Zenaida Oropesa de Montané (madre de Jesús Montané). Era el estreno histórico de la humilde organización Madres Cubanas, que devendría prontamente Comité de Familiares Proamnistía de los Presos Políticos.
La raíz de la campaña por la amnistía, relata Zenaida Oropesa, tuvo su génesis sin duda en Isla de Pinos. Como resultado de uno de los primeros acuerdos, se imprimieron unas tarjetas con el grabado de una de las edificaciones circulares del penal y se envió una cantidad a cada familiar de los muchachos. Se les pedía su cooperación a fin de hacer constantemente propaganda.
El PSP llamaba también a unir sus fuerzas en la batalla por la amnistía para todos los presos políticos y sociales y por la anulación de las elecciones farsas de noviembre.
El 24 de febrero de 1955 salía a la calle un manifiesto de especial significado en favor de la amnistía. Fue firmada por personas de las más diversas afiliaciones ideológicas, lo que equivale al punto exacto en que la derecha oposicionista estaba tomando frente a Batista en cuestión de la libertad de los presos políticos. Su texto fue ampliamente difundido por la prensa. Fue publicado bajo el título de Apelación Pública.
La aprobación del Canal Vía Cuba pretendía panamenizar el territorio cubano de norte a sur, un proyecto imperialista acrecentó el repudio público a Batista. La FEU entraba también en la polémica por esta causa.
Demasiada carga para esos bribones. La suerte estaba echada porque fue la movilización activa del pueblo apuntando al borde de una situación revolucionaria, o dejaban a Fidel y a los demás moncadistas presos en las cárceles y se corría el riesgo de un estallido popular.
El 27 de marzo la revista Bohemia publicaba unas declaraciones de José Antonio Echeverría Bianchi, en que con su característica combatividad arremete contra el régimen:
«La amnistía general constituye un clamor de toda la ciudadanía, al que los estudiantes hemos brindado todo nuestro apoyo. No podemos permanecer indiferentes ante tantos compañeros que sufren en la actualidad los rigores del presidio político por haber defendido el honor de nuestra nación, ultrajado el 10 de marzo (…) »
En ese camino presionaba el pueblo ya en una ola espectacular, indetenible. No quedaba al gobierno más que una alternativa. El martes 2 de mayo fue aprobada por la Cámara de Representantes la ley de amnistía. Esta ley sirvió para atacar y debilitar a la tiranía; incentivó la actividad política contra el régimen en amplios sectores; promovió un formidable despliegue publicitario; fue un vehículo para la formación legal de grupos de opinión, muchos de cuyos integrantes al tomar contacto en ese momento o con posterioridad, se incorporaron el movimiento revolucionario; las actividades externas de su promoción (a las que cabe agregar las de ayuda a combatientes que no fueron apresados, las de auxilio a familiares caídos, las de envío de abastecimiento a los que estaban en prisión, y la muy importante de impresión, distribución y divulgación de «La historia me absolverá» permitieron restablecer contacto con muchos otros miembros dispersos de la organización.
El 15 de mayo de 1955 se abrieron las rejas del Reclusorio Nacional para Hombres. Tras su salida de la prisión, Fidel escribe en el periódico «La calle». A pesar de la actividad política e ideológica que Fidel desarrolla públicamente, dirigidas en lo fundamental a demostrar a la opinión pública de que no existían posibilidades de solución por vía de la lucha cívica y pacífica, no abandona un instante el trabajo de reorganización del movimiento clandestino.