Dos libros de Fabián Escalante Font

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Dos libros de Fabián Escalante Font

Aparte de la demostrada pericia y habilidad de nuestros servicios especiales, debemos señalar la del Comandante en Jefe, quien nunca descuidó su seguridad personal y actuó siempre como el guerrillero experimentado y astuto que nunca dejó de ser

Por:
Raúl Roa Kourí
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Tengo el privilegio de presentarles hoy dos libros del compañero y amigo Fabián Escalante Font, conocido fundador de los servicios de inteligencia cubanos, combatiente de la lucha contra la dictadura batistiana e internacionalista en la hermana República de Nicaragua quien, por sus méritos y actividades, alcanzó los grados de General de División en nuestro Ministerio del Interior.

Trátanse de: El asesinato de Kennedy y el complot contra Cuba y de 634 maneras de matar a Fidel, planes de la CIA y de la mafia, ambos publicados por Ocean Sur en nuevas ediciones, dada la particular importancia e interés de los temas tratados y la vigencia de las políticas anticubanas adoptadas por distintas administraciones norteamericanas  desde antes del triunfo revolucionario del 1ro de enero de 1959.

Como es sabido, el gobierno del general Dwight Eisenhower—cómplice de Fulgencio Batista en la brutal represión a las fuerzas populares cubanas que bregaban contra su dictadura—trató por todos los medios, salvo la intervención directa de sus tropas,  de impedir el triunfo de la revolución en 1959.

Lejos de modificar su actitud, tras el viaje de Fidel Castro a Washington, invitado por la Sociedad de editores de  periódicos, y su entrevista con el vicepresidente Richard Nixon (Eisenhower se había refugiado en Camp David para no recibirlo) este concluyó, en conocido memorándum a su jefe, que: «Fidel Castro constituía un peligro para la política norteamericana y debía ser eliminado cuanto antes».

Tras las elecciones de 1960, en las que fuera derrotado el candidato republicano, asumió la presidencia de los Estados Unidos el demócrata John F. Kennedy, hijo mayor de la millonaria familia de Joseph Kennedy, ex embajador en Londres, y conocido por su trato comercial con los nazis antes de estallar la guerra y contrabando de bebidas alcohólicas a EE.UU. durante la llamada «ley seca» desde Canadá.

John F. tenía un aura de político liberal, forjada a partir de su participación en la Segunda Guerra Mundial, y por algunas posiciones de avanzada defendidas como Senador demócrata. Hubo un momento en su campaña presidencial en que elogió la figura guerrillera de Fidel en su lucha por democratizar a Cuba, pero esto pronto fue echado a un lado y adoptó la misma política hostil del establishment hacia la revolución.

Al heredar la presidencia, recibió también, como legado de Eisenhower, su mensaje sobre los peligros para la democracia estadounidense derivados del poder adquirido por el complejo militar-industrial, así como los planes ya elaborados con la CIA para el derrocamiento de Fidel Castro  y la destrucción de la revolución cubana. De ahí la invasión mercenaria por Playa Girón, derrotada en menos de 72 horas por las milicias nacionales revolucionarias y las fuerzas  populares encabezadas por Fidel.

Kennedy tuvo que responsabilizarse con la derrota y sufrir la humillación de tener que recompensar a Cuba por los daños causados para liberar a los más de mil miembros de la Brigada 2506 capturados por las MNR. Este hecho tuvo dos consecuencias inmediatas; el resquemor de la CIA y el Pentágono por haberse negado Kennedy a intervenir directamente en el conflicto con fuerzas de EE.UU. y la frustración de los dirigentes contrarrevolucionarios en el exilio, de una parte, y la decisión de Kennedy, por otra, de no cejar en su empeño de derrocar la revolución por todos los medios posibles.

De todo ello da cuenta Fabián Escalante en el primero de los libros mencionados, en el que luego ahonda en los vericuetos de la conspiración contra Cuba y el inicio de la titulada Operación Mangosta hasta la llamada crisis de octubre, en 1962. En esos capítulos se demuestra el deterioro de las relaciones de Kennedy con dirigentes de la CIA y el Pentágono, así como con José Miró Cardona, Manuel Antonio Varona y otros autoproclamados dirigentes de la contrarrevolución cubana exiliada en Estados Unidos, pero también de los lazos establecidos con representantes de la mafia de Chicago, Nueva York y Miami en los planes de asesinato contra Fidel Castro y otros dirigentes cubanos, mediante el uso conjunto de terroristas a sueldo de la CIA, como Luis Posada Carriles, Orlando Bosch, Antonio Veciana y muchos otros  de igual calaña.

La crisis de octubre fue, en cierto sentido, un parteaguas en la política de Kennedy hacia Cuba. Es razonable pensar que el peligro cierto de una guerra mundial termonuclear haya movido al mandatario yanqui a repensar su política hacia la URSS, sobre la posibilidad de llegar a acuerdos en desarme y evitar nuevas confrontaciones peligrosas con el llamado campo socialista. Asimismo, a considerar la posibilidad de lograr un entendimiento con Cuba que, alejándola del campo socialista, la hiciera más potable para Estados Unidos o permitiera desarrollar su política antirrevolucionaria por otras vías.

A mi juicio, en esto último tiene que haber influido la posición independiente e inquebrantable de Fidel Castro al enunciar la demanda de los conocidos cinco puntos sin los cuales no podría haber una verdadera solución al enfrentamiento de Cuba con los Estados Unidos y su discrepancia abierta con Jruschóv por la manera en que “resolvió” la crisis, a espaldas de Cuba, en negociaciones que no condujeron a un tratado o documento jurídico que garantizara las demandas de Cuba y la no agresión de los Estados Unidos a la isla en el futuro. Como dijo entonces el Comandante en Jefe:«se ha evitado la guerra, pero no se ha ganado la paz».

Kennedy debe haber llegado a la conclusión de que Cuba no era un peón de la Unión Soviética, sino un país verdaderamente independiente y soberano con el cual podía intentarse conversar.

Lo cierto es que en esa época, Kennedy instruyó a su amigo de Harvard, el Embajador William Attwood, segundo de Adlai Stevenson en la ONU, a sondear al Representante Permanente de Cuba ante esa organización, Embajador Carlos Lechuga Hevia, sobre la posibilidad de intentar un diálogo para mejorar las relaciones entre ambos países. La conversación tuvo lugar en el apartamento de la periodista Liza Howard, en Princeton, y sus resultados informados por Attwood al Fiscal General Robert Kennedy, hermano del presidente.

Escalante informa cómo, al conocer Kennedy que el conocido periodista francés, Jean Daniel, tendría una entrevista con Fidel Castro después de su visita a los Estados Unidos, decidió proponerle que  examinara con el líder cubano la viabilidad de sostener conversaciones para intentar “arreglar” las relaciones cubano-norteamericanas.

Sobre eso conversaban Fidel y Jean Daniel el 22 de noviembre de 1963, en la residencia de descanso del Consejo de Estado en Varadero, cuando el Comandante en Jefe recibió una llamada urgente de La Habana, informándole que el presidente Kennedy acababa de ser asesinado en Dallas, Texas. Al trasladar la trágica noticia a Daniel, Fidel expresó que la oportunidad de un diálogo parecía desvanecerse.

Lo recuerdo perfectamente: el 22 de noviembre de 1963, aproximadamente a las 2 p.m.,  siendo embajador de Cuba en el Brasíl, me hallaba en la oficina escuchando las noticias, cuando detuvieron la transmisión para anunciar algo sumamente grave: el asesinato en Dallas, Texas, del presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy.

Trasladado de inmediato al Hospital Memorial Parkland, fue pronunciado muerto a las 13h00. La noticia oficial fue comunicada a la prensa a las 13h38. El presidente había recibido tres impactos de bala; uno en la garganta, otro en la cabeza, de frente, y  otro en la espalda. El Gobernador de Texas, John Connally, quien con su esposa acompañaba al matrimonio presidencial, resulto herido por la primera bala; otra se incrustó en la carrocería del auto. En total, fueron cinco los disparos registrados.

Comentando el magnicidio, de inmediato, con mis compañeros de trabajo afirmé: Seguramente nuestros enemigos en el establishment y la contrarrevolución tratarán de acusar a Cuba por este asesinato.

Como demuestra Fabián en su libro, no estaba equivocado. Desde el inicio, inventaron la teoría de un solo asesino del presidente: el joven Lee Harvey Oswald, ex marine yanqui que había desertado, mudándose a la URSS, donde pidió asilo y al tiempo casó con una ciudadana soviética, para luego regresar a Estados Unidos e iniciar una cruzada funambulesca durante la cual se hizo pasar por simpatizante de la revolución cubana y miembro del Comité pro justo trato para Cuba, mientras colaboraba con la contrarrevolución miamense,   con conocidos agentes de la CIA y personeros del terrorismo anticubano.

Todo un esbozo biográfico creado por la CIA para involucrar a Cuba y la URSS en el asesinato del presidente Kennedy, que pronto se vino abajo. En consecuencia, Oswald fue asesinado cuando era trasladado de la prisión por un tal Jack Ruby, cercano al jefe de la mafia miamense, Santo Trafficante, quien también resultó misteriosamente asesinado más tarde.

Como ustedes podrán leer, Escalante da a conocer en su excelente obra los resultados de nuestras investigaciones sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy, a partir de documentos desclasificados de la CIA, el Congreso y otras fuentes estadounidenses, así como declaraciones de agentes cubanos infiltrados en las organizaciones contrarrevolucionarias y otros aspectos descubiertos por  nuestros órganos de inteligencia y la seguridad del Estado.

Sin dudas, el magnicidio fue lucubrado y realizado por instrucciones de los más altos dirigentes del complejo militar-industrial, la CIA, el Pentágono, el Congreso y la mafia norteamericanos, utilizando a matones de esa organización y terroristas cubanos a sueldo de la CIA, enemigos del viraje que el Presidente Kennedy pretendía dar a su política internacional, como explica Escalante.

El segundo libro, 643 maneras de matar a Fidel, aunque dedicado al estudio de los planes de asesinato de Fidel Castro y otros dirigentes cubanos desde la época de la lucha en la Sierra Maestra hasta su deceso, el 25 de noviembre de 2016, tiene mucho que ver con el primero, ya que una buena parte de dichos planes fueron fraguados en el período de la presidencia de Kennedy, Johnson y después de sus continuadores, pero todos ligados al complejo militar-industrial-congresional y a los terroristas cubanos radicados en Estados Unidos.

Como podrán ver los lectores, en el origen de todas estas acciones contra Fidel y la revolución cubana, está el hecho indiscutible de que el imperio yanqui no se resigna a que una pequeña isla, sometida a su férula desde finales del siglo XIX y parte de lo que ellos consideran “su traspatio” latinoamericano, haya optado por ser independiente y soberana, amén de socialista, democrática, participativa, próspera y sostenible.

Escalante refiere en esta obra diferentes intentos de la CIA y sus asalariados de deshacerse de Fidel Castro: desde los planes de envenenarlo, infectarlo con hongos incurables y hacerlo volar mientras hacía pesca submarina, hasta los de ultimarlo a tiros desde un apartamento en la Avenida de las Misiones, en el curso de un discurso suyo desde la terraza del antiguo palacio presidencial, o cuando visitara a la compañera Celia Sánchez en su apartamento de la Calle 11, o desde la Biblioteca Nacional durante un mitin en la Plaza de la Revolución, un 26 de julio en Santiago de Cuba, o durante su visita a Chile, invitado por el presidente Salvador Allende, en la Isla Margarita, en el Brasil, o en Panamá, aprovechando una reunión con los estudiantes universitarios…Y así, en 643 ocasiones registradas.

Recuerdo, personalmente, puesto que yo era el Representante Permanente de Cuba ante la ONU, el intento frustrado de ponerle una bomba a su automóvil en 1979, cuando encabezó la delegación cubana a la Asamblea General de la organización en su calidad de presidente del Movimiento de Países No Alineados. O de hacerlo volar durante el mitin del Parque Central ante la estatua del Apóstol, descubierto por la policía neoyorquina.

Al regresar a Cuba, en aquella ocasión, me dijo: Cuídate, porque no han podido hacerme nada y probablemente traten de hacértelo a ti. Y, en efecto, en 1981, tras el asesinato del compañero Félix García, funcionario de nuestra Misión, intentaron colocar una bomba en mi auto, que no accionaron porque en ese momento pasaban delante de nuestro carro varios niños norteamericanos camino de su escuela. Los terroristas, de Alpha 66, fueron apresados a inicios del gobierno de Ronald Reagan, quien prohibió los atentados  en territorio yanqui, y declararon, precisamente, que esa bomba estaba destinada a Fidel Castro en 1979, pero que nunca pudieron acercarse a su automóvil.

Aparte de la demostrada pericia y habilidad de nuestros servicios especiales, debemos señalar la del Comandante en Jefe, quien nunca descuidó su seguridad personal y actuó siempre como el guerrillero experimentado y astuto que nunca dejó de ser.

Estoy seguro de que no sólo disfrutarán la lectura de estos dos libros de Fabián Escalante; también hallarán en ellos muchas lecciones para no olvidar.

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