En la mañana de la Santa Ana, un canto del Indio Naborí

Cuartel Moncada, Santiago de Cuba
En la mañana de la Santa Ana, un canto del Indio Naborí

«La décima del Indio Naborí logró sintetizar los anhelos independentistas del pueblo cubano; y el pueblo cubano, a su vez, identificó en la décima del Indio Naborí una heredada necesidad de lucha; además de identificar, bajo el ritmo del verso octosílabo, la gris silueta de su propia esperanza». 

Por:
Centro Fidel Castro
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Bien dice el poeta peruano Arturo Corcuera que, «así como hay poetas que encuentran en su forma de expresión en otros géneros literarios como el teatro o la narrativa, los hay aquellos que eligen la acción y la palabra, y también quienes a lo largo de su vida dejan con sus actos una estela de poesía en la historia.

«Neruda hablaba de “palabras en acción, hechos que cantan”, tal es el caso del comandante Fidel Castro. Desde sus albores, la Revolución Cubana está ligada a la poesía. ¿Qué fue el asalto al Moncada si no un episodio épico digno de la mitología?; el dramatismo en la tragedia final de Abel Santamaría, avizorando sin ojos el porvenir, víctima de Caín y de sus horrendos crímenes; ¿no hay líneas acaso de conmovedora poesía en prosa en La Historia me absolverá de Fidel?» 

Y, mucho se ha escrito en verso sobre los sucesos de aquel 26 de julio de 1953, día en que un grupo de los más valerosos de nuestros jóvenes con Fidel al frente intentaron asaltar la utopía para cambiar un país. 

Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, fue uno de ellos. A decir de Fidel Antonio Orta en el prólogo al libro Fulgor de un nombre, «la décima del Indio Naborí logró sintetizar los anhelos independentistas del pueblo cubano; y el pueblo cubano, a su vez, identificó en la décima del Indio Naborí una heredada necesidad de lucha; además de identificar, bajo el ritmo del verso octosílabo, la gris silueta de su propia esperanza».  

Nada mejor para recordar aquel 26 de julio de 1953 que sus poemas: «Miró el reloj y era la hora...», «Era la mañana de la Santa Ana» y «Artemisa». 


Miró el reloj y era la hora…
(26-7-1953)

Nuestro pueblo venía –de tortura en tortura, 
de cadenas hispanas en sajonas cadenas–
acumulando penas y más penas
hasta que el llanto se tornó bravura.

Este grado supremo en que el dolor
de los pueblos se vuelve dinamismo
lo comprendió Fidel, gran sembrador
en preparada tierra de heroísmo.

Y fue –roja alborada en la alborada
del 26 de Julio– el ataque frontal
a las tinieblas del Cuartel Moncada,
un salto en la hervidura de la lucha social.

Todo tiene su tiempo y tiempo era.
Fidel miró el reloj y era la hora
en que el calor del grito se resuelve en hoguera,
en definida hoguera redentora.

Fue un golpe necesario.
Desagravio al Maestro que tan sólo veía
oscuridad y espinas sobre su Centenario
y había que ofrendarle todo el sol de un Gran Día.

Y fue ese rojo día –centella de rubí–
descarga del martiano pensamiento,
la flor más alta y pura que el Pueblo dio a Martí
a los cien años de su nacimiento.


Era la mañana de la Santa Ana
(26-7-1953)

Era la mañana 
de la Santa Ana,
mañana de julio pintada de rosa.
Nadie presentía que saldría el sol
por la silenciosa
granja de Tizol.

Santiago el Apóstol, marchito, dormía
como derribado por la algarabía
de conga y charanga, locura y alcohol.

Era la mañana
de la Santa Ana…
¡Oh, la incubadora
de la redentora
granja Siboney!
¡Qué gloriosos gallos dieron a la aurora
viejas y olvidadas posturas de Hatuey!

Últimos rezagos de los carnavales
cabeceaban sueño, sudaban hastío
por las pisoteadas calles orientales.
Era el fin de alcohólico júbilo sombrío.

Pero no eran todos, todos los cubanos, 
los enmascarados, los indiferentes:
había cubanos con una quemante 
estrella en las manos,
abiertos los pechos, desnudas las frentes.
Eran los muchachos que movió el empeño
resuelto, martiano del bravo Fidel.

¡Oh, los ojos tristes, los ojos de ensueño, 
los ojos de Abel! 

Iban decididos por la carretera…
Por todo el paisaje se abrió la bandera.
En la caravana de los inmortales
iban dos mujeres de pureza estoica:
también procedían de la granja heroica,
de la incubadora Mariana Grajales.
 
Eran soles previos que con su alborada
rasgaron las nieblas del cuartel Moncada
La Patria en tinieblas vio sus rumbos claros
a la luz precisa de urgentes disparos, 
mientras Ñico López y otros bravos huéspedes
daban desagravio en Bayamo a Céspedes. 

Era la mañana
de la Santa Ana.
La sangre vertida no fue sangre vana.
Para amanecer, los cielos oscuros
se pintan de grana,
de vivo arrebol,
y anuncian las nubes, con incendios puros,
que se acercan el sol.

¡Qué ciegas estaban las manos de aquel
que arrancó los ojos, los ojos de ensueño
los ojos de Abel!

¡Los ojos de Abel!
que ahora son estrellas de un cielo risueño
y alumbran el paso triunfal de Fidel!
Los mártires todos invaden el día,
alegran ciudades, liberan el monte…

Ya escucho los cantos de Gómez García
en rápido tránsito de flor a sinsonte:

26 de Julio: heridas
por donde surgió la aurora;
alta fecha vengadora
de las fechas ofendidas.
Caliente sangre de vidas
rotas por el heroísmo
cuando traición y cinismo
bailaban sobre un calvario…
¡Oh, rocío necesario
a la flor del patriotismo! (1)

Y le sigue un coro que sale de cada ventana:
-¡Gloria a la mañana 
de la Santa Ana!
Coro que se alarga desde las ciudades
a las soledades de monte y sabana:

-¡Gloria a la mañana
de la Santa Ana!
Es la voz de toda la tierra cubana:
-¡Gloria,
gloria a la mañana de la Santa Ana!



Artemisa
(Entre los años 1953-1958)

Los valientes Aqueos de la Ilíada 
tuvieron a Minerva como escudo y divisa; 
los jóvenes Aquiles del ataque al Moncada 
tuvieron su Artemisa.

No la Artemisa diosa de los mitos paganos
sino la tierra roja de Pinar de Río,
surco de luz abierto a los fecundos granos
del Centauro de Oriente, Comandante del brío.
Polvoriento de pena y de camino agrario.
-¿Dónde están Artemisa – preguntaba el Gigante –
tu joven campesino, tu joven proletario,
tu joven estudiante ?
Tocó Artemisa un rojo subterráneo clarín
y saltaron sus héroes:

¡Hermosos y calientes corazones!
Artemisa, la esposa de algún Quirón veguero,
los inyectó con sangre de leones.
Y de allí, de la entraña de Artemisa,
como del arco rojo de una Gran Cazadora, 
salieron estas flechas de coraje y sonrisa
a clavarse en la noche para traer la aurora.
Desde entonces la tierra de la piña gustada
también dio, para el pueblo, trágicas amapolas…
Artemisa en el Granma jineteando en las olas.
Artemisa en las lomas orientales.
Artemisa en la puerta del Cuartel Goicuría.
Artemisa en los órganos de senos colosales
Artemisa en Palacio peleando a pleno día
Artemisa en los montes villareños.
¡Artemisa de frente dondequiera!
¡Gloria para el coraje de los artemiseños!
¡Hay sangre de Artemisa brillando en la Bandera!

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Referencia

(1)- Décima fechada en 1953. Fue versionada e incorporada a este poema como estrofa independiente. Era la mañana de la Santa Ana fue escrito en julio de 1959. 
 

 

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