Para Fidel el fascismo no constituye un elemento ajeno al capitalismo, sino un fenómeno que le es consustancial, donde el imperialismo en su proceso de mayor radicalidad deviene inevitablemente en el fascismo.
Artículo que obtuvo mención especial del Concurso internacional de Ensayos «Fascismo, neofacismo y otras expresiones similares», convocado por la Casa de las Américas, La Fundación Rómulo Gallegos y la Red de Artistas e Intelectuales en Defensa de la Humanidad. Por su extensión lo hemos dividido en dos partes.
El fascismo es una ideología política surgida en la Europa del siglo XX, específicamente en Italia, bajo el gobierno de Benito Mussolini. Su ascenso al poder tuvo un impacto significativo en la historia de esa centuria, pues contribuyó de manera decisiva al estallido de la Segunda Guerra Mundial y al exterminio de millones de ciudadanos de todo el mundo, principalmente los judíos.
Se ha caracterizado, entre otros rasgos, por su nacionalismo extremo, anticomunismo, militarismo, autoritarismo, el rechazo a la democracia liberal, la glorificación de la violencia y la exaltación del Estado fascista. Su impacto en el campo de las ideas aún tiene amplias repercusiones en el mundo contemporáneo. Numerosos historiadores, sociólogos y analistas políticos han abordado el tema desde sus campos de investigación, por lo que la bibliografía general sobre el fascismo es copiosa, aunque generalmente producida desde Europa y centrada en el fascismo español, italiano y alemán de la primera mitad del siglo XX.
De los líderes políticos de nuestro continente, pocos abordaron el tema del fascismo con tanta regularidad y profundidad como el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. Objeto de su reflexión y denuncia fueron las consecuencias para la humanidad que entraña la proliferación de las nuevas formas del fascismo, en particular para el Tercer Mundo.
Este texto, pretende como objetivo principal un acercamiento al pensamiento antifascista del Comandante en Jefe, para como advirtió Fidel a los estudiantes chilenos en noviembre de 1971, para «armar los espíritus» contra el fascismo y el imperialismo.
Fidel Castro Ruz contra el fascismo mundial
El fin de la Primera Guerra Mundial en 1918 transformó el panorama mundial de maneras impensables apenas cuatro años antes. Los efectos del conflicto provocaron el colapso de cuatro grandes imperios –Otomano, Austrohúngaro, Zarismo Ruso e Imperio Alemán– establecidos desde hacía varios siglos en Europa, y dieron paso al nacimiento de varias naciones. Al mismo tiempo emergieron otras potencias como Estados Unidos y Rusia, entonces gobernada por los soviets.
Con la firma del Tratado de Versalles en junio de 1919, lejos estaban las potencias vencedoras de lograr una paz duradera como pretendieron. Mediante el acuerdo se responsabilizó a Alemania por el conflicto; se le impusieron costosas compensaciones por daños de guerra; sufrió la pérdida de territorios, incluyendo sus colonias fuera de Europa, así como diversas prohibiciones políticas y militares. Estas onerosas condiciones endeudaron a la nación y provocaron el descontento y las ansias de revancha entre su ciudadanía.
Tales condiciones -aunque no solo fueron sobre Alemania, en ella recayó el mayor peso- fueron un abono efectivo para la germinación de un nacionalismo extremo con ansias de recuperar la hegemonía de antaño y «vengar» los acuerdos del Tratado.
Aunque el concepto de un país como Estado-Nación, con territorio definido, e identidad cultural y política propias tiene sus orígenes en la Europa del siglo XVIII y su consolidación en el XIX, es con el fin de la Primera Guerra Mundial que se acentúa y propugna la superioridad de una nación y sus componentes culturales y étnicos sobre otra. Con el ascenso al poder en 1922 de Benito Mussolini se consolida como una ideología.
De los términos políticos contemporáneos, «fascismo» probablemente sea de los más ambiguos. Su etimología no hace referencia explícita a ningún concepto político. El fascio italiano tiene una traducción literal como haz, lo que a simple vista no devela las entrañas de la ideología. El tema conceptual resulta cuando menos interesante, pues ni sus fundadores, ni la mayoría de los movimientos políticos fascistas de la primera mitad de la década del treinta, se autodefinían como tales.
Con la esvástica ocurre un tanto parecido. Empleada desde miles de años atrás por las primeras civilizaciones asentadas en Europa, representó un símbolo de paz y buenos augurios. En Asia es un símbolo sagrado del budismo e hinduismo. Con la llegada al poder del partido nazi en Alemania en 1933 su connotación cambió para siempre. Hoy es generalmente rechazada y en muchos países su presencia en lugares públicos, penada.
Para el momento en que estos acontecimientos se desarrollan, en Cuba, el niño Fidel Castro Ruz tenía referencias de los sucesos que ocurrían en Europa, en especial la Guerra Civil Española (1936-1939) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). La magnitud de los acontecimientos, el entorno familiar y social y la curiosidad del menor propiciaron sus primeros acercamientos al tema.
El primer documento público que se conoce de Fidel Castro Ruz es la carta que le dirige al reelecto presidente de Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, en noviembre de 1940. En el texto, el adolescente de 14 años deja entrever que ha seguido la campaña electoral por la radio, la cual se desarrolló durante la invasión nazi a Europa y estuvo marcada en la política norteamericana por el apoyo a los Aliados en su lucha contra el fascismo, así como en la preparación militar en caso de que tuviesen que intervenir en la guerra.
Aunque ha llamado menos la atención de los investigadores, la breve posdata de la carta resulta ilustrativa de su posicionamiento con respecto al fascismo, cuando Fidel le sugiere al Presidente emplear las minas de hierro de Mayarí para la construcción de barcos. Estas pocas palabras confirman el interés que le prestó el adolescente a la campaña presidencial de Roosevelt, quien esgrimió como una de sus principales políticas para el nuevo mandato la entrega acelerada de barcos a Inglaterra como parte del convenio recién firmado conocido como Acuerdo de destructores por bases, consistente en proporcionar a esta nación una serie de destructores para proteger sus costas de una invasión de la Alemania Nazi. El joven de apenas 14 años ya se posiciona en contra del fascismo europeo.
If you want iron to make your ships I will show to you the biggest (minas) of iron of the land. They are in Mayarí. Oriente Cuba. (Castro Ruz, F., 1940)
Ya de adulto, el líder cubano dedicó tiempo a reflexionar sobre los orígenes del fascismo en Europa. Para él, el surgimiento del fascismo era una consecuencia directa de la conducta de rapiña de las potencias imperialistas. La crisis económica del sistema capitalista y la pujanza de la Unión Soviética desnudó las falencias del modelo liberal, por lo que abrir un frente de agresión contra el comunismo, que lo desgastara, era beneficioso para las potencias imperialistas.
En su discurso por el treinta aniversario de la victoria soviética contra el fascismo, Fidel reflexionaba:
Hay que decir que toda la humanidad pagó muy caro este fenómeno político, que toda la humanidad pagó muy caro este engendro de los burgueses y del imperialismo, porque hasta los propios países capitalistas, en un momento determinado, se vieron agredidos por el fascismo. (…)
El fascismo surge en el mundo precisamente después de la Revolución de Octubre; el fascismo surge en el mundo como un instrumento contra el marxismo-leninismo. Fueron los países capitalistas y los países imperialistas los que crearon las condiciones para el surgimiento del fascismo en el mundo; y toda la campaña de los fascistas, desde que surgieron en Europa, se encaminaba hacia el anticomunismo, hacia el exterminio de los comunistas y hacia la destrucción de la Unión Soviética. (Castro Ruz, F., 1975)
Un elemento característico del ideario antifascista del líder cubano fue percatarse y denunciar la relación dialéctica y coherente entre el imperialismo y el fascismo. Para Fidel el fascismo no constituye un elemento ajeno al capitalismo, sino un fenómeno que le es consustancial, donde el imperialismo en su proceso de mayor radicalidad deviene inevitablemente en el fascismo.
Si para Marx «el capital –entiéndase capitalismo– viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza» (Marx, C. 1981: 697) como resultado de su conducta colonialista y explotadora; para Fidel, «el fascismo era la expresión más acabada del pensamiento reaccionario burgués e imperialista» (Castro Ruz, F., 1975). El lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón, la segregación de los negros en Estados Unidos, la agresión a Vietnam, el apoyo al apartheid, al sionismo y el tutelaje de las dictaduras en América Latina respaldan contundentemente su pensamiento.
En fecha tan temprana del triunfo revolucionario como el 31 de diciembre de 1960, ya el Comandante en Jefe denunciaba la complicidad entre el imperialismo norteamericano y el fascismo, al exponer la presencia de militares nazis en los altos cargos de la OTAN, –toda una osadía para un país pequeño, latinoamericano, lejos del epicentro del capitalismo mundial y que aún no se ha declarado socialista– engendro creado por los países imperialistas para contener la Unión Soviética.
(…) baste decir que uno de los altos oficiales del ejército nazi es hoy uno de los principales jefes del ejército de la OTAN, baste decir que oficiales nazis, que invadieron a más de una docena de pueblos en Europa, son hoy jefes militares de la OTAN, proahijados por el imperialismo, que de esa manera traicionó, tan miserablemente, a los cientos de miles de vidas de norteamericanos que cayeron luchando contra el fascismo y contra el nazismo (APLAUSOS). (Castro Ruz, F., 1960)
Meses después, Fidel sería más explícito en cuanto a la relación teórica y práctica del binomio imperialismo-fascismo:
¿Son feroces los imperialistas, tan feroces como los nazis? Sí, es que el nazismo no era más que una consecuencia del imperialismo; el nazismo, como el fascismo, son la meta o el fin de los regímenes imperialistas; y lo que alimentó aquella sed de sangre, aquellos crímenes espantosos, aquel exterminio de pueblos enteros, era el mismo afán de dominio, de explotación y de riquezas que domina los cerebros morbosos de los guerreristas yankis. (Castro Ruz, F., marzo 13, 1961)
Tanto el racismo como la xenofobia son consustanciales al fascismo, aunque no exclusivos de este. Ambos han demostrado ser temas complejos para las sociedades contemporáneas, pues su solución no depende de la aprobación de leyes y normativas. Estos prejuicios solo se pueden superar con el trabajo educativo y cultural realizado de manera permanente, coherente y sistemática por todos los actores de la sociedad.
Si bien ambos problemas no surgieron en las sociedades modernas, para Fidel, tales herencias sociales, lejos de ser erradicadas a partir de los adelantos científicos y culturales de la contemporaneidad, fueron exacerbadas por «el capitalismo, la burguesía y su filosofía liberal, [que] no trajeron al mundo ni igualdad, ni fraternidad, ni libertad». (Castro Ruz, F., junio 26, 1972)
En reiteradas ocasiones el líder cubano denunció que tanto el racismo como la xenofobia son inherentes al binomio capitalismo-fascismo. El imperialismo y el nacionalismo estimulan inevitablemente sus prácticas. En el largo tránsito de la historia de la humanidad, varias civilizaciones, imperios y sociedades han practicado el odio al extranjero o a las culturas diferentes, basados en las erróneas creencias de la superioridad de las razas, de las civilizaciones, o por considerarse pueblos elegidos por Dios. Ni el capitalismo ni el fascismo son diferentes en estas prácticas, pero a diferencia del primero, el segundo ha entrado por la puerta de la historia sin disfraz político y anunciando que ambas prácticas constituyen doctrinas políticas esenciales que sostienen las bases de su ideología. Ante este hecho, la proliferación del fascismo en cualquiera de sus variantes tiene que ser cuando mínimo objeto del mayor repudio.
El pensamiento humanista de Fidel Castro lo llevó combatir durante su vida política la xenofobia y el racismo; la vinculación en sus años juveniles a la lucha contra la dictadura trujillista, su asociación en el Comité de lucha contra la discriminación racial en la Universidad de La Habana y la solidaridad internacional practicada por la Revolución Cubana, reflejan la coherencia dialéctica entre su pensamiento y acción.
En septiembre de 2001, durante la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, Fidel Castro –al igual que hiciera Martí en el siglo XIX– denuncia y rebate una de las doctrinas ideológicas centrales del fascismo: la supuesta superioridad de las razas.
El racismo, la discriminación racial y la xenofobia constituyen un fenómeno social, cultural y político no un instinto natural de los seres humanos; son hijos directos de las guerras, las conquistas militares, la esclavización y la explotación individual y colectiva de los más débiles por los más poderosos a lo largo de la historia de las sociedades humanas. (Castro Ruz, F. septiembre 1, 2001)
De esta manera es rebatida una de las esencias ideológicas y sociológicas del fascismo. En Cuba, la propia práctica revolucionaria después de 1959 se encargó de demostrar con hechos que los pueblos pueden luchar por superar sus propios prejuicios sociales a pesar de arrastrar consigo los rezagos de siglos de herencia cultural.
Un rasgo distintivo del fascismo es el empleo extensivo y con fines políticos bien determinados de la propaganda. Para ello se vale de los medios masivos de comunicación, con el fin de influir política e ideológicamente en las grandes masas. Con el auge del internet y las redes sociales el neofascismo ha encontrado un nicho que ha sabido explotar para la manipulación masiva de las mentes, glorificando el racismo, la discriminación y enalteciendo la violencia. Si para Goebbels, «la propaganda es un arma de guerra» (Goebbels, J. 1975: 257), para los ideólogos actuales esto se ha mantenido invariable.
Desde los propios inicios del internet, el Comandante en Jefe comprendió que era una herramienta útil, y como toda tecnología, neutral; y que sus fines estaban condicionados por las manos que la condujeran. Su antidogmatismo lo llevó a entender que «internet es un instrumento revolucionario» (Rodríguez Derivet, A. y Rosa Miriam Elizalde, 2012) a través del cual se podían transmitir ideas y concentrar todo el conocimiento que nos ha precedido. Desde los propios inicios del internet en Cuba anunciaba: «Utilizaremos exhaustivamente Internet para la educación y la cultura». (Castro Ruz, F. julio 9, 2001)
Para Fidel resultaba contradictorio que los adelantos técnicos y científicos lejos de ser empleados para fomentar la cultura y la educación lo fuesen, extensivamente, con fines propagandísticos para las peores causas. Ello explica su desvelo desde la Operación Verdad, en 1959 para que los pueblos latinoamericanos tuviesen sus propias agencias, por ello impulsó la creación de Prensa Latina, Radio Habana Cuba o Telesur. En uno de sus últimos discursos, en noviembre de 2005, reflexionaba sobre el camino que habían tomado los medios en manos del imperialismo y sus aliados:
(...) los medios masivos se apoderaron de las mentes y gobernaban no solo a base de mentiras, sino de reflejos condicionados. No es lo mismo una mentira que un reflejo condicionado: la mentira afecta el conocimiento; el reflejo condicionado afecta la capacidad de pensar. Y no es lo mismo estar desinformado que haber perdido la capacidad de pensar (…) (Castro Ruz, F., noviembre 17, 2005)
A pesar de que las redes sociales surgieron a finales del siglo XX, su auge se produjo en la actual centuria. Fidel no llegó a emplear redes sociales ni a profundizar, como en otros temas, sobre su impacto para la humanidad. No obstante, en agosto de 2010 comentaba a periodistas venezolanos que consideraba que una de las principales batallas de la contemporaneidad era «divulgar la realidad» y ampliaba: «ustedes tienen el arma nuclear en las manos, ideológica, y si ganan esa batalla habrán derrocado al régimen, y no harán falta las revoluciones». (Davies, Vanessa; Andres Izarra, Walter Martínez y Mario Silva, 2010)
Resulta cuando menos paradójico que sea precisamente en Alemania, uno de los pueblos de mayor desarrollo científico, económico y cultural de la primera mitad del siglo XX donde con mayor fuerza se desarrolló este engendro.
Fidel y su visión del fascismo alemán
El Holocausto ha sido uno de los sucesos más traumáticos para la historia de la humanidad. Tal exterminio masivo de seres humanos fue impulsado por el fascismo y sustentado sobre las «bases científicas» del darwinismo social; tesis negada décadas atrás por José Martí, en contraposición con los postulados de Herbert Spencer y Domingo Faustino Sarmiento.
A los sucesos que llevaron al mundo al fascismo, la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y los acuerdos de Breton Woods, así como al contexto histórico y sus consecuencias, dedicó horas de lectura y reflexión el Comandante en Jefe Fidel Castro: «He leído casi todo lo que se ha escrito sobre la Segunda Guerra Mundial» expresaría a Ignacio Ramonet. (Ramonet, I. 2018, p. 648)
El Holocausto fue denunciado por Fidel en reiteradas ocasiones, y lo catalogó como uno de los crímenes más atroces contra la humanidad y uno de los pasajes más oscuros de la historia. Pero también constituyó una lección vital sobre los peligros de la proliferación del odio y sus múltiples expresiones en las sociedades. Para combatirlo es indispensable la empatía social y la solidaridad entre los pueblos y naciones. En Fidel la solidaridad no solo era un principio ético, sino una práctica esencial para construir sociedades armoniosas y justas, como mecanismos para contrarrestar los desafíos impuestos por el fascismo y el imperialismo, como la exacerbación del individualismo, el militarismo, la xenofobia y el ultranacionalismo.
En 1972, después de visitar el campo de concentración de Oswiencim, reflexionaba con los estudiantes universitarios de Cracovia:
¿Por qué se llegó a eso? ¿De dónde salieron las ideas que inspiraron esos crímenes? De los egoísmos, de los egoísmos individuales y nacionales, del sentimiento de desprecio hacia otros pueblos, de la falta de solidaridad, del imperio de los instintos más primitivos del hombre. Eso fue lo que trajo al mundo el capitalismo, eso fue lo que trajo al mundo el imperialismo. (…)
Cuando se piensa en tales hechos tenemos un ejemplo claro de adónde condujo la filosofía del liberalismo burgués, adónde condujo la filosofía del mercantilismo. Y nosotros y ustedes tenemos que pensar que aún subsisten en grandes zonas del mundo esas ideas, que aún imperan esas ideas criminales e inhumanas, que aún hoy se cometen crímenes parecidos, y que es deber de la humanidad, es deber de la juventud, luchar en el terreno de la solidaridad, luchar en el terreno de la conciencia, luchar en el terreno de la ideología, a fin de que algún día sean barridos de la faz de la Tierra hasta los últimos vestigios de tales ideas retrógradas, de tales ideas que son indignas de la especie humana. (Castro Ruz, F., junio 8, 1972)
Conocedor de la historia del fascismo alemán y del pensamiento antisemita de Hitler – las variadas referencias al libro Mein Kampf hacen suponer que lo leyó, además de otros textos– fueron elementos que sustentaron en Fidel Castro su pensamiento crítico contra el régimen autoritario y genocida del Tercer Reich.
Coherente como acostumbraba en sus análisis, en el caso de la figura de Adolf Hitler, el líder cubano compartió públicamente y en reiteradas ocasiones sus valoraciones sobre sus «absurdas ideas» (Castro Ruz, F., 2009, p. 466), denunciando, al igual que hiciera José Martí, lo irracional de sostener un proyecto individual o político que promueva la superioridad de las razas, de las religiones o las culturas. Fidel compartió similares reflexiones sobre la conducta de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, así como la «soberbia asesina» de su Canciller. Otro elemento distintivo del ideario del Comandante en Jefe sobre estas temáticas fue su invariable reconocimiento al pueblo y Estado soviéticos, sobre los cuales cayó el principal peso en la victoria sobre el fascismo europeo.
Fascismo español
A Fidel Castro, la tierra en la que nació su padre Ángel Castro Argiz no le era indiferente. Las anécdotas contadas por este, la guerra civil y la prominencia de curas españoles en los colegios religiosos en los que estudió lo acercaron a la situación política de la otrora metrópolis.
El inicio de la Guerra Civil Española marcó la sociedad cubana de entonces y el niño de casi 10 años, sin proponérselo, tuvo sus primeras referencias sobre el fascismo español a partir de los debates que se producían en su casa y de las lecturas que le realizaba al cocinero analfabeto de Birán, Manuel García. A Ramonet le contaría: «Así me enteraba yo de esa guerra desde antes de cumplir diez años. Le leía distintos periódicos. (…) Recuerdo esa guerra, casi desde el principio». (Ramonet, I. ob. cit., p. 53)
La visión de Fidel sobre la Guerra Civil Española es coincidente con el consenso historiográfico respecto a esta contienda. El territorio español fue el escenario donde se probó la factibilidad del fascismo en Europa y donde se definió el futuro inmediato del continente. En dicha contienda se comprometieron varios países, en especial los regímenes fascistas de Italia y Alemania, los cuales resultaron decisivos para la victoria del gobierno fascista de Francisco Franco.
Para el Comandante en Jefe: «Franco fue una creación del fascismo» (Walters, Barbara, 1977) y ello fue elemento central en sus recurrentes denuncias públicas desde los primeros meses del triunfo revolucionario. En abril de 1961 expresaba:
La propia guerra civil española, ustedes recordarán que empezó por ocupar las fuerzas que se sublevaron contra la república, una isla, un pedazo del territorio. Después que tenían un pedazo del territorio, los fascistas, el fascismo y el nazismo les mandó barcos, les mandó aviones, les mandó tanques, les mandó – incluso– unidades, una vez que ya tenían dentro de España un pedazo del territorio. (Castro Ruz, F., abril 23, 1961)
A diferencia de los gobiernos de Adolf Hitler y Mussolini, el régimen franquista sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y convivió en el escenario internacional con la Revolución cubana durante más de 15 años.
Para Fidel, la oposición al fascismo español era una cuestión de principio revolucionario. La asimetría ideológica entre ambos regímenes hacía insalvable el entendimiento político, a pesar de que ambos gobiernos mantuvieron inalterables sus relaciones diplomáticas. Ya octogenario, el Comandante en Jefe declararía: «La nuestra fue una posición absolutamente doctrinaria. No había un lugar en que yo no hiciera un ataque contra Franco». (Ramonet, I. ob. cit., p. 546)
El legado del régimen de Francisco Franco aún sigue siendo objeto de debate y controversia en la sociedad española y en los círculos académicos. No obstante, la visión de Fidel se mantuvo invariable, para él era un régimen reaccionario que empleó métodos fascistas. A pesar de las relaciones conflictivas entre el franquismo y la Revolución cubana, estas no se rompieron. En este sentido, el análisis de la obra discursiva del líder cubano nos permite percatarnos de una notable disminución de la confrontación verbal hacia finales de la década del sesenta. Luego de la muerte de Franco el Comandante en Jefe en varias ocasiones le reconoce como mérito político no haber cedido ante las presiones norteamericanas de romper sus relaciones con Cuba y sumarse al bloqueo económico contra esta.
En 1996 Fidel declara a periodistas españoles:
(…) debemos decir que visto así, a la luz de la historia y de los esfuerzos que hizo Estados Unidos para que España se sumara al bloqueo de Cuba, es realmente asombrosa la resistencia que el gobierno de Franco opuso a los intentos de Estados Unidos de que se rompieran las relaciones diplomáticas y las relaciones económicas, y, por tanto, las relaciones diplomáticas con España se mantuvieron, y las relaciones económicas se mantuvieron entre España y Cuba a pesar de esa circunstancia. (Castro Ruz, F., 1996)
El régimen fascista español se mantuvo durante más de treinta y cinco años, sobreviviendo a los cambios que en la esfera internacional ocurrieron en este periodo. Aunque se adaptó a las nuevas realidades regionales y globales mantuvo invariable su esencia fascista con características autóctonas. Aunque no se lo propuso, sirvió de conexión entre el fascismo y su creación más actualizada: el neofascismo.
El fin de la Segunda Guerra Mundial no puso fin al fascismo en el mundo y este resurgiría años después en diferentes zonas geográficas y con diversas máscaras. El neofascismo se montaría en el carro de la historia con una nueva imagen y cambios sustanciales. Sobre este último también puso su mirada reflexiva y acusadora el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
El sionismo
El sionismo es un movimiento político nacionalista y colonialista surgido a finales del siglo XIX. Debe su nombre a la colina Sion en Jerusalén y su creación intelectual a Theodor Herzl, periodista judío austrohúngaro.
Constituye un nacionalismo exclusivo, que inspirado en el antisemitismo predominante en Europa a finales del siglo XIX, en la dispersión del pueblo judío y en el auge del nacionalismo en Europa, concibió la creación de un Estado judío, argumentando que: «El Estado nace como resultado de la lucha de un pueblo por su existencia». (Herzl T., 2004, p. 85)
En 1897 Herzl organiza el Primer Congreso Sionista en Basilea, Suiza, que reunió a delegados de diversas comunidades judías con el objetivo de establecer un marco organizativo. El congreso marcó la formalización del sionismo como un movimiento político organizado y estableció la Organización Sionista Mundial.
De manera progresiva, el sionismo fue ganando terreno político durante la primera mitad del siglo XX. La Declaración Balfour en 1917 constituyó el primer apoyo formal de una potencia al «establishment in Palestine of a national home for the Jewish people (...)». Tras el fin de la Primera Guerra Mundial la Sociedad de Naciones estableció el Mandato Británico de Palestina y encomendó en la Conferencia de San Remo en 1920 – en contra de la voluntad del pueblo palestino– un hogar para los judíos. Ello significó la migración de miles de judíos a tierras palestinas y el germen de un conflicto que se ha extendido durante más de un siglo.
Posterior al Holocausto y al fin de la Segunda Guerra Mundial, las Naciones Unidas aprobaron la Resolución 181 de noviembre de 1947, que violando el derecho internacional y desconociendo flagrantemente la voluntad de los pueblos árabes, aprobó dividir la región de Palestina –anterior provincia otomana– entre Israel y un Estado que aglutinara a la población local árabe. Posterior a esto, dichas fronteras no han sido respetadas ni por Israel, ni por las potencias aliadas, encabezada por Estados Unidos.
Sobre el pueblo palestino se ha aplicado un fascismo colectivo dirigido a su exterminio total o al desplazamiento de las tierras que durante milenios han ocupado.
Fidel Castro Ruz fue un amplio conocedor de los conflictos en el Medio Oriente y lógicamente del israelo-palestino, reconocido por los líderes de ambas partes. En los últimos años de su vida política varias de sus Reflexiones abordaron con profundidad la conflictiva situación de la región y sus consecuencias para el resto del mundo.
Aunque este investigador no ha encontrado fuentes primarias en las que el Comandante en Jefe sea explícito, las múltiples referencias a la situación del Estado de Israel y al incumplimiento por parte de este de los acuerdos fronterizos establecidos por las Naciones Unidas hace suponer que consideraba una necesidad histórica la creación de un Estado judío, pero no a expensas del pueblo y territorio palestino. Al respecto, en 2011 acotaba:
No se trata del derecho legítimo del pueblo israelita a vivir y trabajar en paz y libertad, se trata precisamente del derecho de los demás pueblos de la región a la libertad y a la paz. (Castro Ruz, F., 2013, p. 485)
Para el estadista cubano los pueblos hebreos eran portadores de valores universales y habían realizado trascendentales aportes a la cultura mundial, por lo que le resultaba lamentable que el sionismo recurriera a los mismos métodos fascistas que conmovieron al mundo cuando el pueblo judío fue una de las principales víctimas del régimen nazi. En septiembre de 2010 deja constancia de esta admiración:
Nunca he sido enemigo del pueblo hebreo, en el que admiro su capacidad de resistir durante dos mil años la dispersión y la persecución. Muchos de los más brillantes talentos, Carlos Marx y Albert Einstein, fueron judíos, porque es una nación en la que los más inteligentes sobrevivían, en virtud de una Ley natural.
En nuestro país, y en el mundo, fueron perseguidos y calumniados. Pero esto es solo un fragmento de las ideas que defiendo. (Castro Ruz, F., 2010)
A pesar de ello valoraba que, lamentablemente, el repudio internacional por las acciones del Tercer Reich no había constituido una lección histórica para el Estado sionista de Israel.
Durante el transcurso de su vida política, el pensamiento y accionar revolucionario del Comandante en Jefe se mantuvo invariable, posicionándose públicamente en favor de la autodeterminación del pueblo palestino y denunciando en todos los escenarios de la comunidad internacional la conducta genocida de Israel.
No obstante, el análisis de la copiosa documentación pública producida por Fidel Castro Ruz nos permite percatarnos de la variación en el contenido de sus denuncias. Si en los primeros años de la Revolución en el poder sus pronunciamientos estuvieron dirigidos a apoyar la causa palestina contra lo que consideraba un movimiento colonialista, en el transcurso de las siguientes décadas radicalizó sus pronunciamientos vinculando al sionismo con el imperialismo norteamericano, el genocidio y la opresión de los pueblos árabes. Durante las últimas décadas de su vida denunció a «los líderes del Estado de Israel [que] practican el genocidio y se asocian con las fuerzas más reaccionarias del planeta» (Castro Ruz, F., ob. cit., 2013, p. 24), así como alertaba de la «nueva y repugnante forma de fascismo [que] está surgiendo con notable fuerza en este momento de la historia humana (...)». (Castro Ruz, F., octubre 15, 2014)
Para Fidel, el genocidio contra el pueblo palestino era el «crimen más grande de nuestra época». (Castro Ruz, F., 1979)
Ningún despojo más brutal de los derechos a la paz y existencia de un pueblo se ha cometido en este siglo. Entiéndase bien que no somos fanáticos. El movimiento revolucionario se educó siempre en el odio a la discriminación racial y los pogromos de cualquier tipo, y desde el fondo de nuestras almas, repudiamos con todas nuestras fuerzas la despiadada persecución y el genocidio que en su tiempo desató el nazismo contra el pueblo hebreo. Pero no puedo recordar nada más parecido en nuestra historia contemporánea que el desalojo, persecución y genocidio que hoy realizan el imperialismo y el sionismo contra el pueblo palestino. Despojados de sus tierras, expulsados de su propia patria, dispersados por el mundo, perseguidos y asesinados, los heroicos palestinos constituyen un ejemplo impresionante de abnegación y patriotismo, y son el símbolo vivo del crimen más grande de nuestra época. (Idem)
Cuba no solo se ha posicionado en apoyo a los países árabes y la causa palestina en los foros internacionales, también ha brindado apoyo y asistencia militar. La presencia de tropas cubanas en suelo sirio en 1973 –después de la ruptura de las relaciones con Israel– en la guerra del Yom Kipur ha sido una de las tantas muestras de apoyo de la Revolución cubana al mundo árabe.
A pesar de sus críticas al sionismo, Fidel nunca dejó de reconocer la historia del pueblo judío, en especial su sufrimiento durante el Holocausto. Su estatura como estadista y diplomático lo llevó siempre a distinguir entre el sionismo como movimiento político y el judaísmo como religión y cultura.
Pero las ramificaciones del sionismo llegarán mucho más allá de la península arábica y junto con el imperialismo norteamericano se alió a otro régimen fascista, pero con diferente rostro: el apartheid.
A este último se enfrentarían el Comandante en Jefe Fidel Castro y el pueblo cubano, no solo en el campo ideológico, también en el terreno militar.
Apartheid
Según el diccionario de La Real Academia de la Lengua Española, apartheid significa «apartamiento, separación», aunque especifica que dicho extranjerismo solo es aplicado «al sistema político discriminatorio implantado en la República de Sudáfrica de 1948 a 1994» (RAE y AALE., s/f). Para las Naciones Unidas es una «política de segregación racial». (N.U, Resolución 395 (V), diciembre 2, 1950)
Ante tales referencias dos preguntas se imponen. ¿Qué sistema político es el apartheid que desde su nombre evidencia la institucionalización de la discriminación racial? ¿Qué visión tuvo el Comandante en Jefe Fidel Castro sobre el mismo?
Para comprender los orígenes del apartheid es necesario recurrir a la historia sudafricana. Desde mediados del siglo XVI en el actual territorio de este país hubo representación de varios estados coloniales. Entre portugueses, ingleses y neerlandeses se disputaron durante siglos el control político y económico del lugar.
El descubrimiento de diamantes en 1867 y de oro en 1886, aumentó el interés de los europeos por el territorio, y provocó un crecimiento económico y una explosión demográfica descontrolada, principalmente de británicos, lo que aumentó las tensiones entre estos y los boers, y el sometimiento de los nativos. Estos eventos, además de sus consecuencias políticas, propiciaron el mestizaje en los barrios periféricos de las ciudades. Para evitar que dicha situación continuara, a finales del siglo XIX los boers aplicaron las primeras medidas de segregación racial, como construir zonas residenciales exclusivamente para personas blancas, a las cuales no tenían acceso los nativos.
Aunque el apartheid no cuenta con un sistema doctrinal propio, es evidente que tomó partido ante uno de los debates filosóficos centrales que marcaron el siglo XIX: la presencia o no de alma en el negro. La «ausencia» de alma en el negro sustentó filosófica e ideológicamente hasta el siglo XIX la esclavitud racial –el autor asume como válido el criterio de Marx de la existencia de una esclavitud clásica y otra racial– como institución. No obstante, los racistas afrikáners, además de considerar la superioridad de su raza sobre los nativos, sustentaban que el desarrollo del país pasaba por la separación de estas, donde cada una cumplía diferentes funciones sociales para garantizar la prosperidad de los blancos.
Con el surgimiento de la Unión Sudafricana en mayo de 1910 comenzó un periodo histórico conocido como mini apartheid, antecedente directo de este, en el que se implementaron leyes y regulaciones que restringían los derechos de la población no blanca a la tierra, la educación, el empleo o la vivienda. Con la llegada al poder del Partido Nacional en 1948 se cimentó política y legalmente el apartheid y con él se creó gradualmente un vasto sistema jurídico que garantizó la segregación social en beneficio de la minoría blanca.
El apartheid llega al mundo luego de la Segunda Guerra Mundial, conflicto en el que las principales potencias occidentales se aliaron con la URSS para eliminar el fascismo. Pudiera parecer ilógico que las mismas naciones capitalistas que apenas meses atrás luchaban contra el Tercer Reich, respaldasen abiertamente un régimen similar en el sur de África; pero, tal como creía Fidel Castro, el apartheid era un resultado inherente de la política de las potencias colonialistas en los ricos territorios del sur de África, impulsado principalmente por el imperialismo norteamericano.
Sus múltiples pronunciamientos públicos nos develan que estudió y dedicó tiempo a reflexionar sobre el apartheid; para él, la relación imperialismo-apartheid seguía un curso lógico y coherente y se sustentaba en el apoyo y respaldo del primero sobre el segundo desde su propia concepción, pues valoraba que este «era fruto de la Europa colonial» (Castro Ruz, F., ob. cit., 2013, p. 664) y resultado del «capitalismo y el imperialismo en su forma fascista». (Castro Ruz, F., 1991)
Su firme rechazo al apartheid lo lleva a denunciarlo como un ejemplo de evidente y grave violación a los derechos humanos de los pueblos namibios y sudafricanos. Para Fidel, el doble rasero del imperialismo, al hacer silencio ante tamaña discriminación, pero al mismo tiempo convertir la situación de los Derechos Humanos en punta de lanza contra los regímenes no acordes a sus intereses, lo desnudaba ante la comunidad internacional y develaba su verdadera esencia. Esto fue objeto de sus permanentes advertencias y demandas.
De los regímenes fascistas o sus similares, contra ninguno se vinculó tanto y de manera directa la Revolución cubana como contra el apartheid. Ningún país extracontinental luchó abiertamente como lo hizo Cuba en el sur de África y ello fue resultado de la política exterior de la Revolución y reflejo del pensamiento humanista de esta y su principal líder.
Desde 1975 soldados cubanos se enfrentaron en el campo de batalla contra las tropas racistas sudafricanas, cambiando la correlación de fuerzas en el área y liquidando en menos de dos décadas el apartheid en el sur de África. El papel de Fidel Castro en dichas acciones fue trascendental; dirigió personalmente desde La Habana la estrategia de la guerra y las acciones diplomáticas contra el régimen fascista sudafricano y para lograr la excarcelación de Nelson Mandela, uno de los principales líderes del Congreso Nacional Africano.
Cuando para la década del ochenta era cada vez más evidente el aislamiento internacional del apartheid, Fidel fue capaz de percatarse y denunciar el cambio de estrategia de Estados Unidos y sus aliados europeos. Para el Comandante en Jefe, el imperialismo norteamericano pretendió engañar al mundo haciéndole creer que ya no respaldaba a su aliado en la zona cuando era evidente su derrota en el campo militar y político.
El 26 de julio de 1991 denunciaba:
Hoy los occidentales tratan de congraciarse con África, tratan de congraciarse con los que odian el apartheid, pero la gran realidad es que el apartheid fue una creación de Occidente, del Occidente capitalista e imperialista.
La gran verdad es que occidente apoyó el apartheid, le suministró tecnología, incontables miles de millones en inversiones, incontables cantidades de armamentos y, además, apoyo político. No, el imperialismo no rompió con el apartheid, el imperialismo no bloqueó al apartheid, el imperialismo mantuvo y mantiene excelentes relaciones con el apartheid. (Castro Ruz, F., ob. cit., 1991)
La excarcelación de Mandela, el proceso de negociación de paz y la erradicación del fascismo en el sur de África constituyen una de las páginas más gloriosas de la historia de Cuba y del continente madre.
Sin la solidaridad internacional practicada por la Revolución cubana, guiada por el pensamiento antifascista y humanista del Comandante en Jefe, esto no hubiese sido posible.
Al decir de Mandela: «Fidel Castro es uno de mis grandes amigos» y agregaba «(...) jamás olvidaré que en los momentos más sombríos de nuestra patria, en la lucha contra el apartheid, Fidel Castro estuvo a nuestro lado» (Rodríguez Fernández, W. 2021, p. 166).
Pero no solo del lado de los pueblos de África en la lucha antifascista estuvo Fidel Castro. En nuestro continente brotaría una de las peores muestras del neofascismo y contra este orden auspiciado por el imperialismo norteamericano se rebelaría también el Comandante en Jefe.
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