Entrevista publicada en la revista Caguairán, edición centenario del Comandante en Jefe, del Centro Fidel Castro Ruz que tuvo su lanzamiento oficial en el I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro.
En 2018, Miguel Díaz-Canel Bermúdez asumió la presidencia de la República de Cuba y, desde 2021, además, la dirección del Partido Comunista de Cuba (PCC). Antes, se había desempeñado como primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros (2013-2018). Para entonces, el ingeniero electrónico había cumplido misión internacionalista en Nicaragua (1987-1989); había sido dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas; primer secretario del PCC en Villa Clara (1994-2003) y en Holguín (2003-2009), y ministro de Educación Superior (2009-2012).
Al periodista francés Ignacio Ramonet expresó en mayo de 2024: «Yo siempre aspiro, y entregaremos todos nuestros esfuerzos, a ese mundo mejor que es posible y al que Fidel nos convocó». Dice esto quien está convencido de que la obra de nuestro Comandante en Jefe es mucho más que semilla; es siempre árbol frondoso.
En el Año del Centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, nuestra revista Caguairán conversó con Miguel Díaz-Canel Bermúdez.
¿Qué recuerda de su primer encuentro con Fidel?
La primera vez que lo vi en persona estaba yo cursando el octavo grado en la Escuela Secundaria Básica en el Campo 1.⁰ de Mayo, en el Plan Valle del Yabú, en Santa Clara. Esa semana nos tocaba —le tocaba a mi grupo— ir a las sesiones de campo en la mañana.
Regresando del campo, recuerdo que subíamos por la escalera trasera al final del pasillo central de la escuela cuando vimos que, en el otro extremo, como frente a la dirección, estaba Fidel. Imagínense lo que significaba para cualquier muchacho de mi edad ver a Fidel en su escuela.
Salimos corriendo y en minutos ya decenas de estudiantes estábamos alrededor de Fidel. La voz se fue corriendo y hasta los que estaban en clase empezaron a bajar de las aulas, y él a preguntar cómo era la vida en la escuela, los horarios, qué nos daban de desayuno, qué nos daban de comida, si practicábamos deporte, muchas preguntas sobre la rutina de la escuela.
Y no solo preguntaba, también explicaba, con una pasión casi de un estudiante más, todos los planes que se estaban desarrollando para impulsar a fondo la Educación, como otra revolución dentro de la Revolución.
Me impresionó mucho esa primera vez. Primero por su imagen, su estatura. Yo tenía solo 13 años y aún puedo recordar que su uniforme me pareció de un verde olivo mucho más intenso de lo que yo me imaginaba al verlo por televisión. También sentí como que una luz iluminaba de modo particular su piel, que era muy rosada, y ver de cerca la barba, esa barba que ya era una leyenda en todo el mundo.
Lo acompañamos al campo de pelota, y ahí jugó con varios. Yo no, el equipo de pelota que le pusieron era de los de décimo grado. Recuerdo que primero hizo de pícher y después bateó un faul por tercera que le dio a una profesora en la cara. Enseguida corrió a auxiliarla, la sentó en uno de los jeeps de la comitiva y mandó a buscar hielo, que le puso con su pañuelo en el lugar del golpe, y cada vez que se terminaba un inning, ahí iba a ver cómo seguía la profesora. Después fuimos para la cancha de básquet, donde también jugó durante un buen rato.
Por ahí debe haber fotos de la prensa en Santa Clara, en el periódico Vanguardia o en los archivos de Educación —alguien debe tener eso—, donde se ven los aros de básquet de la escuela, que no tenían malla y había que subirse para ponerla. Un profesor muy joven, del Destacamento Pedagógico, fue quien la puso, encaramado nada menos que sobre un hombro del Comandante y otro de Pepín Naranjo, que lo acompañaba.
Después Fidel entró de nuevo a la escuela, jugó ping-pong en una mesa que estaba al final del pasillo central, y terminó echando una partida en la sala de ajedrez.
Pasó un día entero en la escuela y se despidió anunciando que volvería.
Y volvió.
Cuando dice «mi primer encuentro con Fidel» se refiere a la primera vez que vio a Fidel, pero Fidel no vio a Díaz-Canel, es decir, no intercambiaron. ¿Cuándo es que se conocen?
Fue estando en el Buró Nacional de la UJC, en una reunión donde se anunciarían movimientos de cuadros. Fidel nos preguntó a todos nuestro criterio y nos escuchó atentamente. Fue la primera vez que hablé personalmente con él. Lo que recuerdo de ese intercambio es que respetaba la opinión de los demás, que te miraba a los ojos, como escudriñando lo que no decían las palabras. Y que, a los pocos minutos de estar cerca de él, ya te sentías en confianza.
¿Qué anécdota con Fidel compartiría?
Tengo varias que quiero escribir cuando disponga del tiempo para rememorar los detalles y quizás consultar a otros testigos, por eso de que la memoria afectiva puede modificar los hechos objetivos. Pero me piden una y, ya que tengo que seleccionar, escojo aquella que guardo como una profunda lección de lo que significa tratar con el adversario.
Recuerdo que fue por el año 1996, ya me desempeñaba como primer secretario del Partido en Villa Clara, y recibo una llamada de La Habana pidiéndome atender personalmente a un funcionario del Departamento de Estado de Estados Unidos que se encontraba en Cuba. Mi primera reacción fue negativa y para esclarecerlo llamé al compañero Machado Ventura, quien en su condición de secretario de Organización del Comité Central era mi jefe inmediato superior.
Fue él quien me aclaró que la demanda era del Comandante en Jefe, quien me llamaría más tarde. Esa misma noche, ya tarde, recibí aquella llamada inolvidable.
Después de los saludos, con voz baja que costaba escuchar a través del teléfono, el Comandante me preguntó por qué me negaba a recibir al funcionario estadounidense: «porque yo no tengo nada que hablar con un americano», respondí sin medir demasiado las palabras. Recuerdo que se rio un poco y luego me dijo en un tono igualmente bajo, pero claramente audible, algo así como: «con el adversario hay que hablar. Si no hablamos nosotros, otros hablarán por nosotros». Y luego se extendió explicando los motivos: era importante que el enviado del gobierno de Clinton conociera in situ nuestro sistema político y de Gobierno, y que pudiera intercambiar criterios con los cuadros más nuevos del país.
No recuerdo con exactitud qué tiempo estuvimos hablando, solo sé que al final ya yo estaba completamente persuadido de la importancia de recibir al estadounidense y le dije: «cuente con eso, Comandante, lo voy a despalillar…». Se rio fuerte y me aclaró entre risas que no era eso lo que me pedía, solo debía mostrarle al visitante el país real que somos y que los prejuicios hacia nuestro sistema que el anticomunismo ha sembrado en la mente de muchos de ellos, no les deja apreciar.
Creo que cumplí su orientación, pero lo más importante: aquel día aprendí con él una lección de lo que significa en política radicalidad sin extremismos; y también aprendí de su sencillez, de su modestia, porque se había tomado el trabajo, en medio de todas sus ocupaciones, de llamar para explicarme la importancia de aquel encuentro, sin imposiciones, sin superioridad, sin dictarme lo que yo debía decir, con una cercanía que venció toda mi negatividad hacia la tarea encomendada.
¿Cuán difícil fue asumir la dirección de un proceso histórico como la Revolución Cubana, referente para el pensamiento revolucionario mundial?
Muy difícil, porque no se trata solo de la Revolución; Fidel como máximo líder de ese proceso es también un referente mundial. Y a quien ocupa hoy los cargos que él ocupó, todo el mundo —incluso uno mismo— lo está comparando permanentemente con Fidel.
En mi caso, antes de cada paso, cada decisión, cada acto, busco una referencia en Fidel, inspirada en Fidel. Busco responder siempre la pregunta que desafía a todos los cuadros de la Revolución que tratamos de seguir sus pasos: ¿qué haría Fidel?
Por supuesto, esa respuesta no llega del cielo ni de otra galaxia. Solo se puede encontrar repasando la vida, las obras y los testimonios sobre Fidel. Y les puedo decir con sinceridad que he estudiado mucho, y he leído mucho acerca del Comandante en Jefe. Cada vez que tengo una idea, que quiero promover algún proyecto o proponer un enfoque de determinado problema, busco todo lo que él desarrolló sobre esos temas. Y siempre he encontrado un enorme caudal de ideas útiles y de análisis valiosos.
Fidel era un erudito, no solo por su gran talento y su proverbial curiosidad, sino por el rigor y la profundidad con que abordaba los asuntos más diversos, estudiándolos hasta en los detalles.
Conociendo esa característica fundamental de su erudición, siempre me he planteado entenderlo y asumir su legado con un enorme sentido de responsabilidad. Digo «entenderlo» primero porque a un pensamiento tan original y creativo como el de Fidel solo se le puede dar continuidad promoviendo creatividad y originalidad en las respuestas a los problemas viejos o nuevos que se nos plantean. Copiarlo mecánicamente sería contradecir su esencia.
Creo que es por eso la advertencia que dejó en su concepto de Revolución: «es sentido del momento histórico».
Cuando tienes la responsabilidad de darle continuidad y contribuir a salvar ese proceso histórico —que está hoy muy amenazado por la política hegemónica, hostil, extremadamente agresiva de la actual Administración de Estados Unidos—, no basta con leer a Fidel. Hay que interpretarlo a la luz del contexto nacional e internacional y actuar siguiendo principios antes que tendencias. Es lo que hizo él.
La otra guía importante en este sentido la aportó el General de Ejército y líder de la Revolución, Raúl Castro, al asumir en 2008 las más altas responsabilidades al frente del país y dejar dicho lo siguiente:
Fidel es Fidel, todos lo sabemos bien. Fidel es insustituible y el pueblo continuará su obra cuando ya no esté físicamente. Aunque siempre lo estarán sus ideas, que han hecho posible levantar el bastión de dignidad y justicia que nuestro país representa.
Solo el Partido Comunista, garantía segura de la unidad de la nación cubana, puede ser digno heredero de la confianza depositada por el pueblo en su líder. Es la fuerza dirigente superior de la sociedad y el Estado y así lo establece el Artículo 5 de nuestra Constitución, aprobada en referendo por exactamente el 97.7 % de los votantes.
Esa convicción tendrá particular importancia cuando por ley natural de la vida haya desaparecido la generación fundadora y forjadora de la Revolución.
En esas ideas se resume el espíritu de la continuidad histórica de la Revolución. Enfrentar cada dificultad desde esa concepción de la unidad que solo puede representar el Partido es un principio.
«Somos continuidad». Idea y certeza de los años recientes de nuestra Revolución. En esa continuidad, ¿cómo aprecia las esencias de Fidel?
Ante todo, quisiera aclarar cuál es el sentido que para mí tiene esa convicción de «somos continuidad», porque sobre eso se ha hablado mucho y algunas personas han emitido juicios que se apartan de lo que uno concibe.
Me refiero a aquellos que interpretan el «somos continuidad» como algo que no avanza, que repite lo mismo. Yo tengo un enfoque dialéctico. Ser continuidad significa no renunciar a las ideas, al legado de la Revolución, a los propósitos de la Revolución, a los sueños de la Revolución que todavía no se han podido cumplir.
Pero no haciendo las cosas exactamente igual, sino creciendo, negando lo anterior en el sentido dialéctico, de superación y perfeccionamiento. No veo la continuidad como una línea recta, sino como una espiral, de modo tal que, aunque las cosas se hagan de otra manera en determinados momentos, porque se precisa actualización, no significa que se está renegando del legado.
Lo que buscamos justamente es mantener ese legado bajo condiciones diferentes, y hacer que ese legado se multiplique y se recree continuamente.
Porque asumir que somos continuidad es una expresión de fidelidad que demanda una elevada cuota de audacia.
Es una mirada crítica, pero a la vez muy respetuosa con la inmensa obra que nos ha traído hasta aquí. Podríamos incluso decir que es exactamente el resultado de la Revolución, porque yo mismo nací en el momento en el que ella empieza. Y he ido creciendo al calor de su desarrollo, de sus enormes aciertos y sus innegables desaciertos.
El primero que dijo que había que rectificar, que había que cambiar todo lo que deba ser cambiado, fue Fidel. Hasta con eso hay que ser consecuente.
Uno mismo está generando la contradicción continuamente. Yo he definido un concepto, tratando de reflejar cómo actúa nuestro pueblo, cómo se desempeña la Revolución en cada momento, que creo que también forma parte del concepto de continuidad. Ese concepto es el de resistencia creativa. Nosotros siempre hemos resistido, pero no de brazos cruzados. Hemos resistido creando.
Las esencias de Fidel están ahí. Él era el primero que promovía la crítica, el primero que engendraba la contradicción. Era el que hacía el juicio más duro y el llamado Proceso de Rectificación lo demostró.
El Gobierno Revolucionario ha definido como pilares la ciencia, la innovación y la comunicación. ¿Cuánto existe del ideario de Fidel en esa definición?
Esa definición brota totalmente del liderazgo de Fidel, que impulsó la ciencia y la innovación en momentos muy tempranos de la Revolución.
La Revolución Cubana es también una revolución cultural que parte desde una mirada a la ciencia. Porque antes de iniciar la Campaña de Alfabetización, antes de que Cuba se declarara territorio libre de analfabetismo, ya Fidel decía que teníamos que ser hombres —y mujeres, por supuesto— de ciencia y de pensamiento.
Es decir, es una persona que no concibe el desarrollo separado de la ciencia. Y eso es muy inspirador. Si en algo se demuestra la legítima continuidad de su pensamiento es en la profunda convicción del papel protagónico que tienen la ciencia y la cultura en la Revolución.
Fidel siempre buscaba respuesta a los problemas del país en intercambios con científicos, los visitaba, les daba tareas, los consultaba. Eso lo hemos mantenido en los momentos actuales, en encuentros sistemáticos con representantes de la ciencia de diferentes ámbitos. Hemos pedido incluso que en los grupos temporales de trabajo en los cuales se elaboran las políticas públicas y también los proyectos de ley siempre haya representantes del sector científico.
No olvidemos que fue precisamente en el Período Especial, en medio de las situaciones más complejas, cuando Fidel acudió a la ciencia, potenciando al máximo sus posibilidades para impulsar el desarrollo del país. Fue cuando creó el Polo Científico que posteriormente avanzó y dio lugar hoy a lo que se conoce como el sistema empresarial de Biocubafarma.
Y en esa política está contenida también la innovación. Porque Fidel no estimuló solo la investigación científica para que el país tuviera un desarrollo científico, para que hubiera publicaciones, para que se desarrollaran patentes, sino para que toda esa labor científica estuviera orientada a encontrar soluciones a los problemas del país.
O sea: llevar la investigación científica a la concreción, eso es precisamente innovación.
Y en el tema de la comunicación yo creo que Fidel ha sido el más grande comunicador. Ha sido uno de los más grandes comunicadores de la nación.
La comunicación estaba en su estilo de trabajo, en su método de trabajo. Porque Fidel comunicaba tomando el sentir del pueblo y comunicaba para tomar las decisiones con el pueblo. Y ahí encuentras piezas únicas de comunicación, como la Primera Declaración de La Habana o el momento en que se escoge el nombre Partido Comunista de Cuba.
Usaba la comunicación para explicar los grandes hechos, los grandes acontecimientos, los grandes problemas. Y hay discursos inolvidables, como cuando habló en nombre del Movimiento de Países No Alineados en la ONU y habló de todos los problemas del mundo. O cuando despidió los restos de las víctimas del sabotaje a una aeronave de Cubana de Aviación sobre Barbados.
Luego están sus intervenciones en los congresos del Partido y de otras organizaciones políticas y de masas, en los encuentros con diferentes sectores de la población, en la propia Asamblea Nacional del Poder Popular y finalmente sus Reflexiones, a las que acuden muchos en el mundo hoy para tratar de encontrar respuestas a los problemas más graves y urgentes de nuestra época.
¿Cuánto de Fidel tiene usted en sus métodos y estilo de trabajo?
Fidel es una escuela difícil de caracterizar, porque su propia genialidad le imponía una dinámica diferente a todo. Pero hay métodos que distinguen claramente su estilo, por ejemplo, la autopreparación. Siempre tratamos de estudiar los problemas para poder enfrentarlos. Buscamos datos y los correlacionamos antes de tomar decisiones.
También, por supuesto, el vínculo con el pueblo. Tenemos organizado un sistema de visitas periódicas y sistemáticas a centros de producción y de estudio, a comunidades, a municipios, cuyo objetivo central es el intercambio con la población.
Eso nos ha permitido acercarnos en vivo y en directo a las problemáticas y realizaciones de nuestro pueblo, lo mismo en lugares recónditos que en capitales de municipios y provincias.
Otro método muy efectivo es el trabajo por programa. Trabajar por programa te permite involucrar en las principales tareas revolucionarias a las personas con el talento y la capacidad que se precisa para cada misión en particular.
Nuestra sociedad está llena de personas con talento, capacidad y entusiasmo para asumir las misiones más complejas. Solo hay que disponerse a buscarlas y orientarlas bien, con claridad en los objetivos. Al cubano le gustan los desafíos.
Y de un método se alimenta otro: la capacidad de escuchar es fundamental para movilizar a las personas. En eso Fidel era un maestro y yo un humilde discípulo que, además, disfruto extraordinariamente cuando el talento formado por la Revolución se desata proponiendo salidas a nuestros problemas más agudos.
Es lo que hago cada semana cuando me reúno con científicos, técnicos, obreros, estudiantes incluso. Les pido criterios sobre los temas más complicados y me dedico a escuchar a los demás, que es la mejor manera de respetar y aprender de ellos. Eso lo hacía Fidel.
Esos son métodos de trabajo que él nos legó y con los que trabajamos cada día. Su estilo es algo más abarcador y al mismo tiempo inapresable en un solo concepto, aunque también inseparable del método y que forma parte de la propia mística del cuadro revolucionario cubano.
Puedo mencionarles estar en el lugar más complicado en las circunstancias más difíciles. Ir al frente, estar al frente, en cada una de las batallas, participar, en fin. Cuando ocurren hechos complejos, estar en el lugar. En un ciclón, en un accidente, ante una provocación. Eso se aprendió en Cuba con Fidel. Lo dejó dicho magistralmente el Che y el General de Ejército lo ha citado más de una vez. Eso es algo muy suyo que me inspira mucho y me gustaría que quien quiera que esté al frente de la Revolución Cubana siempre tenga en cuenta que ese aprendizaje de Fidel marcó un estilo en el sentido de la dirección de la Revolución Cubana.
También su sentido de la solidaridad para con otros países. El abrazo de las causas justas. Por mal que hayamos estado económicamente, a nosotros nos parece que siempre es posible ayudar a otras naciones. Y eso lo recibimos de Fidel, particularmente en el apoyo a la causa palestina. Fidel fue un abanderado de la causa palestina, cuando apenas había conciencia en el resto del mundo de la persecución que enfrentaban.
Promover relaciones con todos los países, al margen de su sistema político, siempre en pie de igualdad, con respeto a la independencia, la soberanía y la dignidad de los pueblos.
No dejarse amedrentar jamás por poderosos que sean los adversarios o difíciles que sean los obstáculos a vencer. Partirle para arriba a los problemas es también parte del admirable legado de Fidel.
No dejarse derrotar por los problemas y convertir cada revés en victoria. Aprender que, en los momentos más difíciles, siempre hay oportunidad. Cuando más duras son las dificultades más posibilidades hay de encontrar una oportunidad.
Estudiar los modos de ser y de actuar de Fidel te da la posibilidad de crecer. Eso de convertir los reveses en victoria. Eso que mostró tempranamente, en el año 53, al revertir el juicio por el asalto al Moncada en una denuncia a los crímenes de la dictadura; eso de fundar un movimiento a partir de una acción combativa que fracasa; eso de decir «ahora sí ganamos la guerra» cuando se juntan unos pocos guerrilleros con 7 fusiles; todo eso es inexplicable si despojas al hombre Fidel Castro de su extraordinaria voluntad revolucionaria y su fe en los hombres.
Y eso es algo que me desvela, me motiva y me levanta todos los días.
Les pongo un ejemplo: lo que nos propusimos impulsar en el proceso de enfrentamiento a la covid no habríamos podido lograrlo sin ese aprendizaje.
Acudir a la ciencia, irle para arriba al lío, visitar los hospitales y los centros de aislamiento, por complicados que estuvieran y por peligrosos que resultaran, convocar a los científicos, al matemático, crear un equipo multidisciplinario, confiado en que podríamos ganar esa pelea contra una pandemia que tenía en jaque hasta a las naciones más ricas, es algo que aprendí de Fidel.
Vivimos momentos en que Cuba enfrenta el recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por el Gobierno de Estados Unidos, la calumniosa inclusión en la lista de Estados patrocinadores del terrorismo y la escalada hegemónica del Imperio. Una vez más, esta pequeña isla «asume a su enemigo con la necedad de vivir sin tener precio». ¿Qué consejo le pediría a Fidel para continuar encauzando los destinos de nuestra nación?
Creo que su historia nos está aconsejando ya: en primer lugar, alejarnos de la confrontación; evitar siempre que se pueda la guerra; y prepararnos más y mejor para enfrentar una agresión militar.
Usted recuerda siempre en sus discursos aquella afirmación de Fidel de que algún día habría que erigirle un monumento al pueblo cubano. ¿Cuánto ha trascendido en usted esa convicción?
Totalmente. Ha trascendido de manera absoluta. Y es una tarea pendiente. Un día haremos ese monumento que merece el heroico pueblo cubano.
«El Partido lo resume todo. En él se sintetizan los sueños de todos los revolucionarios a lo largo de nuestra historia», expresó Fidel aquel 17 de diciembre de 1975, al celebrarse el 1 Congreso del Partido Comunista de Cuba, cuando usted apenas tenía 15 años. En 2026, a más de medio siglo, ¿cuáles son los sueños del hoy primer secretario del PCC para Cuba, América Latina y el mundo?
Para América Latina y el mundo, que haya paz. Y que de todo este caos que hoy enfrenta el planeta nazca por fin un orden económico internacional más justo y un sistema de relaciones internacionales desde la visión del multilateralismo.
Que el diálogo pueda resolver los conflictos. Que desaparezca la filosofía del despojo para que desaparezca por fin la filosofía de la guerra, como pidió Fidel en su más histórico discurso en la ONU. Que la cooperación, la colaboración y la solidaridad internacional sustituyan las prácticas criminales de las medidas coercitivas unilaterales que se han convertido en armas silenciosas de destrucción masiva.
Que nazca un orden económico internacional totalmente inclusivo, con reales oportunidades para los países del Sur Global que permitan aprovechar todas las potencialidades humanas para que las mayorías tengan acceso libre y universal a la Educación, a la Salud, a la Cultura, al Desarrollo.
Y que la humanidad toda sea capaz de conducirse de manera armónica con el medio ambiente.
Para Cuba, poder conquistar todo lo que la Revolución soñó y fortalecer lo ya conquistado. Alcanzar un nivel de desarrollo económico que nos permita un crecimiento con mayor impacto en el desarrollo social y en el crecimiento social.
Que cada vez haya más participación popular en la toma de decisiones. Que se perfeccione nuestra democracia socialista. Que tengamos estructuras de Gobierno y de Administración Pública más dinámicas y menos burocráticas.
Que podamos eliminar las indeseables desigualdades que hoy están presentes por diferentes causas. Que logremos la prosperidad que merece este pueblo. Que perfeccionemos la construcción del proceso de construcción socialista.
Que logremos derrotar totalmente el bloqueo con nuestro propio talento y esfuerzo.
Y que logremos comprender que, en este momento histórico para el mundo, desde la dialéctica marxista, nos toca hacer cambios en profundidad que todavía deben transformar muchas aristas de nuestra sociedad.
De la extensa y diversa bibliografía relacionada con Fidel, ¿cuál es ese libro al que siempre regresa? ¿Cuál pasaje de su vida lo ha impresionado más?
No es un solo libro, son muchos: Todo el tiempo de los cedros y Guerrillero del tiempo de Katiuska Blanco, donde se resumen las esencias, el origen. La victoria estratégica y La contraofensiva estratégica del propio Comandante en Jefe; Fidel y la religión, de Frei Betto; Un grano de maíz, de Tomás Borge y Cien horas con Fidel, de Ignacio Ramonet; son todos libros donde se pueden encontrar múltiples ideas de Fidel sobre los más diferentes temas.
Y están sus Reflexiones, que, si las lees hoy, casi todas parecen concebidas para hablar a las generaciones actuales, como para recordarnos, como dijo Bouterflika, que «Fidel poseía la extraordinaria capacidad de viajar al futuro, regresar y explicarlo».
«Los hombres pasan, las ideas quedan», afirmó el Comandante en Jefe en 2003. ¿Cuánto más debemos hacer para estudiar su vida, obra y ejemplo?
Creo que en la pregunta está la respuesta: estudiar su vida, obra y ejemplo, pero sobre todo asimilar sus valores. Eso significa mirarlo primero como el ser humano que fue.
Yo sé que su dimensión como estadista, como político excepcional, como intelectual profundo, nos hace verlo como un gigante inalcanzable. Pero él no hubiera querido que lo vieran así. Por eso siempre estuvo cerca del pueblo y entre el pueblo. Por eso mientras pudo hizo deportes con los estudiantes, conversó con los niños, compartió con intelectuales, artistas, obreros, campesinos, pescadores, carboneros, a veces todos alrededor de una misma mesa.
Fidel es una lección permanente de que la voluntad humana puede imponerse a las mayores adversidades y vencerlas. Su amor por la justicia, su fe en los hombres, su confianza en el pueblo, ya forman parte del poderoso caudal de valores con el que Cuba les hace frente a los gigantescos desafíos de hoy.
Y lo mejor de ese tremendo legado es que se trata de un ser humano, no de un superhéroe ni de un mito de leyenda. Fidel es la medida exacta de un cubano universal que se forjó en la lucha, asimilando la magnífica herencia de nuestros próceres y de lo más avanzado del pensamiento humanista a nivel mundial. Eso le permitió liderar hasta hoy un proceso extraordinario, único, que ha convertido los sueños colectivos en hechos concretos, que eso es la Revolución.
A su juicio, ¿cuál es el mejor homenaje a Fidel en el año de su centenario?
Desde la absoluta lealtad, multiplicar sus ideas, resistir, crear y defender hasta con la vida su extraordinario legado: la obra de justicia social profunda que es la Revolución.
Dicen que todos los cubanos tienen su Fidel. ¿Cuál es el suyo?
El que me reta todos los días a enfrentar los enormes desafíos de este tiempo con la convicción de que los mayores reveses se pueden convertir en victoria.
Fidel es Cuba, no tengo dudas.