Fidel y el diálogo con los estadounidenses

En 2002, Jimmy Carter se convirtió en el primer expresidente de Estados Unidos en visitar a Cuba
Fidel y el diálogo con los estadounidenses

No debería generar mayor polémica la necesidad civilizada de que las naciones sostengan un diálogo al más alto nivel posible. Parece ser una obviedad, incluso para ser viable la coexistencia pacífica entre los países, máxime cuando en aquellos casos que existe algún tipo de diferencia, es obligado dirimirlas en una mesa de negociación, no por vías violentas.

Por:
Francisco Delgado Rodríguez
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En el caso específico del llamado diferendo Cuba-EEUU, fatalmente vecinos, resulta un tema de importancia estratégica y bajo esa lógica, el Comandante en Jefe le prestó especial atención, como parte de una casi inabarcable agenda de política exterior, que ha caracterizado la inserción y el papel de Cuba en la arena internacional.

A lo anterior se suma la naturaleza específica de la controversia entre Cuba y EEUU, centrada está en la rotunda y sostenida negación de parte de los segundos, de respetar el derecho soberano de los cubanos a escoger la forma en que se organizan, que sistema político implementan y lógicamente, como disponen de sus riquezas materiales y espirituales. Algo que está escrito en piedra en el derecho internacional, el respeto a los asuntos internos, y que tiene una lógica incluso decimonónica, cuando Juárez dijo aquello de que el respeto al derecho ajeno es la paz.

Por su puesto, es un asunto que prácticamente es imposible de gestionar porque va contra la lógica misma del carácter imperial de EEUU. Ciertamente hay un sector ultra derechista mafioso, asentado sobre todo en el sur de la Florida, de lejano origen cubano, cuyo liderazgo desciende de la defenestrada oligarquía cubana o de sus servidores de ocasión. Pero también es la resistencia insolente de una parte de la plutocracia estadounidense a tolerar una rebeldía de esencia clasista, anticapitalista, es decir algo existencial para el famoso 1% de los hiper ricos de aquel país.

Una primera consideración sobre el diálogo entre ambos gobiernos es su sentido asimétrico. Tanto por lo más evidente, las diferencias de tamaño, economía y poder militar entre ambos países como en especial, por el interés permanente de una parte, la cubana y el desdén, por no decir el rechazo diáfano y prepotente, de la otra parte, las autoridades estadounidenses.

Desde el mismo 1959, en abril de ese año y en medio de innumerables tareas y desafíos, Fidel, realiza una visita al vecino norteño, por invitación de la Sociedad Americana de Editores de Periódicos. En la ocasión el Comandante en Jefe es recibido por quien era a la sazón el vice presidente Richard Nixon. En la reunión, Nixon fue enfático en “advertir” al visitante, de los peligros de implementar el comunismo en Cuba, y Fidel defendió las primeras medidas populares que se estaban tomando, razón de la lucha contra la tiranía batistiana. 

Posterior a aquellos contactos, sin consecuencias positivas palpables para Cuba, el conflicto entre ambos países escaló como es conocido, al extremo de poner al mundo al borde de una guerra nuclear, prácticamente un año y meses después de que los EEUU sufrieran su primera gran derrota militar en Nuestra América, en las heroicas arenas de Playa Girón. 

Justamente por el peligrosísimo nivel que adquirió el diferendo, es que se abrió una ventana de oportunidades, cuando hasta cierto punto en la Casa Blanca emergió alguna dosis de cordura, dígase de sensatez política respecto a cómo EEUU debía manejar sus vínculos con un gobierno auténticamente revolucionario, celoso de la soberanía del país, algo francamente novedoso; lógicamente, para los gobernantes norteños era bastante inesperado, tener que lidiar con un vecino que desafiaba su hegemonía en sus propias narices.   

Es en ese contexto que el presidente Kennedy envía un emisario, el periodista francés Jean Daniel, quien fungió como correo entre el Comandante en Jefe y el diplomático estadounidense, William Attwood, quien reportaba directamente a la Casa Blanca sobre el desarrollo de los intercambios. Semejante mecanismo, ciertamente complicado, respondía a la necesidad de avanzar bajo un estricto manto de discreción. Se habló, entre otras cosas, de un levantamiento parcial del bloqueo y de avanzar en un proceso de normalización de las relaciones entre ambos países. 

De aquellas reuniones el Comandante en Jefe expresó años después al cineasta Oliver Stone, en el 2002:  «Kennedy era diferente. Tenía una mente abierta... Después de la Crisis de los Misiles, él quería encontrar una vía de coexistencia. Estoy convencido de que, si Kennedy hubiera vivido, la historia de Cuba y Estados Unidos sería totalmente distinta hoy.»

Es pertinente insistir en el concepto de máxima discreción arriba apuntada. Recordar lo que debería ser fácil de entender; algunos "expertos en dialogo" exigen total transparencia, dicen, obviando una de las reglas más elementales de cualquier intercambio entre dos gobiernos enfrentados, que, de conocerse, cuando aún no han prosperado, corren el riesgo de ser abortados por los contrarios a dicho proceso.

En todo caso, el propio magnicidio contra Kennedy demuestra que no era suspicacia o paranoia burocrática ser discreto. Con su muerte, efectivamente se abortó el intento y con el tiempo se supo el involucramiento de la naciente mafia batistiana, con residencia en el sur de la Florida, que por un lado intentó montar una trama, culpando a las autoridades cubanas del asesinato de Kennedy, y por el otro, participó en el crimen, quizás a sabiendas de que el inquilino de la Casa Blanca se inclinaba por negociar con La Habana.

Posteriormente, los pueblos de los dos países tuvieron que esperar 14 años para que surgiera de nuevo una posibilidad de entendimiento, precisamente en el gobierno de Jimmy Carter (1977 a 1981). Los intercambios fueron más abiertos, en comparación con los desarrollados con Kennedy, abriéndose un canal de intercambio oficial en varias sesiones, a veces en La Habana, otras en Washington. 

Por la parte estadounidense participó Wayne Smith, quien fungiera como jefe de la Sección de Intereses, adscripta a la Embajada de Suiza en La Habana, que tenía su versión cubana en Washington, estructura creada a partir de estos intercambios; posteriormente, Smith mantuvo una trayectoria apegada a la necesidad de normalizar las relaciones entre ambos países. 

Con Carter si se lograron avances, que, aunque mínimos, pueden catalogarse de notables y de mutuo interés, sumándose en 1977 una serie de acuerdos, entre otros sobre el secuestro de aeronaves y embarcaciones (data de 1973/renegociado en 1977); uno pesquero, otro marítimo, y también otro referido a la reunificación familiar. 

El contexto internacional estaba signado por la guerra fría y por la solidaria participación de Cuba, en las luchas por la independencia de varios países africanos. En ese sentido, salta a la vista otra enseñanza. Las indiscutibles hazañas militares de las fuerzas armadas cubanas en aquella epopeya trasladaban al enemigo imperial un mensaje: Cuba es imposible de dominar mediante una agresión armada; es probable que los estrategas militares estadounidenses deben haber concluido que, si los cubanos eran capaces de tal entrega, en defensa de lejanas naciones, que no harían por la defensa de su patria. 

En las anteriores ocasiones mencionadas, con Kennedy y con Carter, hay una señal clara para los estadounidenses: es mejor negociar con los cubanos, que llevar la confrontación a un punto sin retorno. 

Después del breve avance con la administración Carter, se produjo un intercambio gubernamental, que no debe ser catalogado de fruto de un proceso de diálogo, tal y como se expone aquí. Ocurre con la administración de Ronald Reagan, que califica perfectamente como una de las más hostiles en todos estos años, posteriores a 1959. En concreto, se firmó un acuerdo migratorio que procuró atajar la emigración desordenada de cubanos hacia EEUU.

Sería hasta el gobierno de Clinton cuando se intenta por ambos países retomar una senda de negociaciones. En la ocasión se siguió hasta cierto punto una mezcla del método de máxima discreción de Kennedy, en el inicio, y posteriormente como lo hizo Carter, es decir, hacer relativamente público las gestiones que avanzaron hasta cierto punto, bajo la doctrina llamada de “pueblo a pueblo”. El rol del afamado escritor y amigo personal de Fidel, Gabriel García Márquez, forma parte indeleble de estos episodios, al servir de enlace secreto entre ambos mandatarios.

Como había ocurrido ante otras crisis, el gobierno de Clinton se vio obligado a reaccionar ante una grave situación migratoria respecto a Cuba, conocida como “crisis de los balseros”, fruto de la dura situación socio económica en la Isla, provocada por la irrupción del denominado “periodo especial”. Esto obligó al mandatario estadounidense a abrir un canal de diálogo directamente con La Habana, participando oficialmente Alexander Watson, subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, que poco después delegó en el funcionario R. Richard Newcomb, el seguimiento de las negociaciones que derivaron en la firma de dos acuerdos migratorios (septiembre 1994 y mayo 1995).

En el ínterin, el enemigo logró que se firmará la Ley Helms-Burton, codificándose por primera vez con rango de ley federal, el entramado normativo de bloqueo. Sería entonces en el segundo mandato de Clinton, cuando al predominar cierto reconocimiento de que la guerra económica no había logrado sus históricos propósitos, este decidió habilitar algunas facilidades en el intercambio entre ambas naciones, entre otras, remesas, licencia para exportar alimentos y medicamentos a Cuba, intercambio académico y vuelos chárter directos, además de otros gestos de buena vecindad. También viajó a La Habana, Madeleine Albright, secretaria de Estado, convirtiéndose en la funcionaria federal de mayor rango que visitara oficialmente Cuba al menos desde 1945. 

Como es conocido, en el segundo mandato de Obama se retomaron los contactos, es la etapa más reciente y por tanto la más recordada y aunque no coincidió con la presencia del Comandante en Jefe al frente del gobierno, no cabe dudas que como es notorio, se mantuvo al tanto de prácticamente todos los detalles de lo que algunos expertos denominan la “primavera Obama”, momento en que mejor entendimiento hubo entre ambos países y que obviamente trasciende porque demostró, por primera vez desde 1959, cuanto se puede progresar y en particular que debe hacerse, para lograr una convivencia pacífica entre Cuba y EEUU.

Con su proverbial agudeza política, el Comandante en Jefe legó para el futuro su visión de qué significó la susodicha “primavera Obama”. De interés particular su crítica al discurso ofrecido por el mandatario visitante en el hoy Gran Teatro Alicia Alonso. En su icónica reflexión, “El hermano Obama” Fidel expresó: « No necesitamos que el imperio nos regale nada. Nuestros esfuerzos serán legales y pacíficos, porque es nuestro compromiso con la paz y la fraternidad de todos los seres humanos que vivimos en este planeta.» 

La presencia de Fidel fue primordial para entender la forma en que se produjo, durante estos años, este desafiante proceso de diálogo/confrontación con el Imperio. En términos prácticos esto se traduce en el concepto de que en el imperialismo no se puede confiar “ni tanto así”, sugerido por el Che Guevara; tener la capacidad de prevenir cuales son los verdaderos objetivos del adversario; en el momento de conversar; evitar hacerlo desde una postura defensiva, algo que suele ser mal interpretado por Washington y sobre todo, no olvidar que el sentido de cualquier negociación procura como asunto existencial, preservar la Revolución, dicho de otra forma, la soberanía nacional.

 

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