La mirada de Frank

Fidel y Frank en la Sierra Maestra
La mirada de Frank

«Randich abofeteó a Frank y este no se movió, solamente lo miraba, yo conocía aquella mirada de Frank, creo que ese solo gesto suyo era más que suficiente, no hacía falta que dijera nada», testimonio de Eugenia San Miguel, la esposa de Raúl Pujol, el santiaguero que acompañaba a Frank País García aquel 30 de julio de 1957 cuando fueron asesinados en Santiago de Cuba. 

Por:
Centro Fidel Castro
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Frank de los cielos y de las balas
y de las decisiones sin alardes
y de la irreversible
poética mirada.
Te veo, allí sentado con un libro
un día, dos, tres días
dispuesto a todo y a mucho más:
a que todos estuvieran dispuestos.

Thelvia Marín


El 30 de julio de 1957 asesinaban en las calles de Santiago de Cuba a Frank País García en compañía de Raúl Pujol. Tenía solamente 22 años. Su vocación de revolucionario ejemplar aparece en unas líneas que escribiera a una novia cuando apenas tenía más de 20 años: 

«Soy distinto, sí…tienes una rival que me absorbe en cuerpo y alma. He sufrido ya tanto por ella que me siento suyo… Tiene la falda de listas azules y blancas, el corpiño rojo y sobre la cabeza un gorro frigio con una estrella blanca… me siento como poseído. En mis venas arde un solo deseo, servirla. Me vejan, me dejan solo, pero ya no me importa. ¡Qué me va a importar si la tengo a ella…!»

Y sobre Frank escribiría Fidel en una carta que envió el 31 de julio de 1957 a Celia Sánchez tras conocer la triste noticia del asesinato de este valeroso joven:

«¡Qué monstruos!, no saben la inteligencia, el carácter, la integridad que han asesinado. No sospecha siquiera el pueblo de Cuba, quién era Frank País, lo que había en él de grande y prometedor… guardaré sus últimas cartas, escritos, notas, etc., como prueba de lo que fue ese talento asesinado en la flor de su vida».  

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Frank junto a Fidel, Raúl y otros miembros del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra.

Frank junto a Fidel, Raúl y otros miembros del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra. 

Para recordar aquel bárbaro asesinato reproducimos fragmentos de testimonios que narran sus últimos minutos de vida y que fueron recogidos en el libro «La clandestinidad tuvo un nombre: David» de la historiadora Yolanda Portuondo. 

Últimas horas 

Eugenia San Miguel cuenta que aquel 30 de julio, al mediodía, ya habían almorzado cuando se aparecieron el jefe de acción de Guantánamo Demetrio Montseny, Canseco, y el dirigente obrero José de la Nuez, Basilio, porque necesitaban conversar con Frank, quien había autorizado esa visita a la casa de la familia Pujol.

«Primero despachó con Basilio, quien le entregó un libro que le enviaban: Entre la libertad y el medio; luego habló con Villa. Mi hermana Armonía, que vivía con nosotros, les llevó el café. Fue ella quien al asomarse por una ventana que daba a la calle, se dio cuenta de que venían registrando unas cuadras más abajo, subiendo San Germán. Frank no se movió ni se inquietó al saberlo, no hizo ni un gesto. Ante la insistencia de Villa y de Basilio de que se marchara con ellos, planteó que tuvieran calma. Estaban discutiendo sobre esto cuando llegó Raúl, a quien había telefoneado una vecina que sabía de nuestras actividades revolucionarias de esconder armas y demás, aunque no sospechaba ni remotamente que Frank estuviera allí escondido. Venía tan agitado que una de las sandalias que traía se le había zafado por el camino. Raúl también comenzó a insistir con Frank de que marchara con Villa y Basilio. El carro en que estos habían venido estaba parqueado frente a la puerta. El registro se iba acercando cada vez más. Frank tomó una decisión, o mejor dicho, impartió la orden a Basilio y a Villa de marchar, alegando que le sería a él mucho más fácil alejarse a pie». 

Eugenia contó que, ante la orden de Frank, Raúl acompañó a los hombres a la puerta y se comprometió con ellos de que correría la misma suerte de Frank. 

«Teníamos preparada una salida por detrás, era una ventana con los barrotes limados que habían preparado Raúl y Raulito desde hacía tiempo, pero cuando se pensó en ella, ya era demasiado tarde, había guardias en aquella calle». Es en ese momento, que Frank le entrega a Eugenia unos documentos e insiste que no podían caer en manos de la tiranía. «Los escondí en un sitio, al igual que la ametralladora, la cual guardamos en una bolsa de pescar, debajo del aparador. Frank se llevó la pistola. Salieron San Germán arriba». 

La esposa de Pujol detalla que escuchó voces que ordenaban detenerse a los dos hombres. «Oí a Raúl explicarles que se trataba de un empleado de la ferretería, un contador, refiriéndose a Frank, que estaba pasando un balance. Los registraron. Le encontraron el arma de Frank. Se formó un gran revuelo. Llegó Salas Cañizares (1). En el momento en que yo salía, ya los estaban entrando a la perseguidora. Me acerqué desesperada, quería acompañarlos. Imaginaba que no les podría ocurrir nada si iba con ellos, Raúl me mandó a que llamara a un compañero en la ferretería explicándole lo que había ocurrido para que le avisara a su abogado. Cañizares mandó a un esbirro detrás de mí. Ya no me importaba nada, hice la llamada; intenté luego salir y me lo impidieron. Forcejeé. Sentí unas ráfagas. Corrí al patio llamando a la vecina de los altos para que me dijera si los veía, la sentí llorar. Comprendí». 

La muerte 

Los vecinos del lugar que presenciaron desde los visillos de sus ventanas el asesinato de Raúl Pujol y Frank País contaron que «Randich(2), quien se encontraba por la parte del Callejón del Muro y Sagarra, cuidando el cerco, al sentir el revuelo y ver que los entraban a la perseguidora, se acercó a esta. Reconoció a Frank, e inmediatamente lo delató con cinismo: “Pero, ¿no sabe quién es este, Coronel? Es Frank País”. 

«Los sacaron del auto, le quitaron los espejuelos oscuros a Frank. Lo registraron y le ocuparon una libretica o un carné. Me contaron que Randich abofeteó a Frank y que este no se movió, solamente lo miraba, yo conocía aquella mirada de Frank, creo que ese solo gesto suyo era más que suficiente, no hacía falta que dijera nada. Dicen que les zafaron los pantalones, procedimiento empleado por ellos para que no pudieran huir. 

«Empujándolos los metieron en el corredor de una vecina y comenzaron a golpearlos. A Raúl querían darle una pistola y él alegaba que no era suya. Trataron de pegarle con un arma y al levantar los brazos, tratando de protegerse la cabeza, el golpe le partió al parecer los brazos, cuando lo ametrallaron en el suelo, ya estaba sin conocimiento. Luego continuaron maltratando a Frank. Lo empujaron hacía Callejón del Muro y allí fue acribillado. Salas Cañizares falló el primer disparo; Mano Negra se encargó del resto. Posteriormente, Salas ordenó a todos sus esbirros allí presentes disparar contra los cadáveres, así aseguraba que todos fueran responsables. 

«Ya muerto Frank, lo cambiaron de posición y le tiraron cerca una pistola con dos peines de balas que luego se vio no coincidían. Pretendían arreglar aquello para que no quedase como un crimen, sino que pareciese que Raúl y Frank se habían batido con ellos».

Santiago en pie 

Vilma Espín, compañera en la lucha clandestina, también recuerda que « Frank estaba tirado en medio de la calle y todo el pueblo se fue arremolinando allí, se pusieron cordones. Había una situación popular tremenda. Frank muerto, y Santiago de Cuba estaba hirviendo…»

… «en los primeros momentos la gente quería llegar hasta el cadáver y hubo forcejeos con los guardias. Es que la reacción popular fue espontánea, muy poderosa, y desde ese momento se paró la ciudad, la gente se dedicó a ir donde estaba Frank. Entonces ellos entregaron el cadáver». 

Luis Clergé relató como fue hasta la casa de Doña Rosario, se acercó a ella, le transmitió los deseos de Vilma de trasladar el cuerpo de Frank para la casa de América, su novia, pues desde allí el cortejo fúnebre podría recorrer las principales calles de la ciudad, convertido en la manifestación popular que ya se preveía. Y es cuando la madre de Frank, en gesto de total entereza, como lo hizo Mariana Granjales en su momento le dijo: “Hijo, pueden hacer lo que ustedes quieran. Frank es de ustedes”. Y así fue. 

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El pueblo santiaguero acompañó el féretro de Frank País y Raúl Pujol el 31 de julio de 1957.

El pueblo santiaguero acompañó el féretro de Frank País y Raúl Pujol el 31 de julio de 1957.

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Notas 

(1) El conocido asesino teniente coronel José María Salas Cañizares desde su llegada a Santiago de Cuba en mayo de ese año, se había ganado el mote de “Masacre” por el asesinato de los revolucionarios Roberto Lámelas, Joel Jordan, Salvador González y Orlando Badell.

(2) Luis Mariano Randich había sido estudiante de la Escuela Normal para Maestros, por lo que conocía muy bien a los estudiantes devenidos revolucionarios al recrudecerse la lucha contra la dictadura.

 

  

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