Nemesia, flor carbonera

El poeta Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, junto a Nemesia años después de los sucesos de Girón
Nemesia, flor carbonera

...Naborí llegó a la Ciénaga como corresponsal de guerra, recorrió de un lado a otro las zonas bombardeadas por los aviones mercenarios, caminaba entre los destrozos, a su paso pudo ver las ruinas de las casitas destruidas, las pertenencias de los que fueron evacuados... escenario que dio como resultado uno de los poemas épicos más conmovedores de la poesía revolucionaria: la «Elegía de los zapaticos blancos» del poeta Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí. 

Por:
Alba María Orta Pérez
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Enfrascado en las labores de apoyo a la Campaña de Alfabetización en el Anfiteatro de Varadero junto a otros artistas, el poeta Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, es sorprendido por la invasión mercenaria por Playa Girón, de inmediato la patria se puso en pie de guerra y cada cubano ocupó el lugar que le correspondía: él, junto a otros compañeros, debía salir para la zona invadida.

Antes de partir le llegó un mensaje de Celia Sánchez en el que le pedía que localizara la casa del campesino Liborio Rodríguez, pues a ella le habían informado que era desgarrador lo vivido por esa familia durante el bombardeo, le indicaba el lugar y le pedía que escribiera una crónica sobre lo sucedido.

Naborí llegó a la Ciénaga como corresponsal de guerra, recorrió de un lado a otro las zonas bombardeadas por los aviones mercenarios, caminaba entre los destrozos, a su paso pudo ver las ruinas de las casitas destruidas, las pertenencias de los que fueron evacuados. Junto a él, el fotógrafo captaba imágenes desgarradoras. Ya se encontraba en el lugar indicado por Celia, la familia había sido evacuada y el camión en que viajaban, bombardeado sin piedad por los aviones mercenarios. Continuó su búsqueda hasta que llegó a Jagüey, allí le mostraron el camión ametrallado y lo llevaron a la casa donde habían acogido a la familia; en el trayecto, encontró una cajita de zapatos, la abrió y vio un par de zapaticos blancos. Aquello lo conmovió; le pareció ver la imagen de una niña llorando en medio del fuego. 

Nemesia tenía trece años, él contaba que cuando logró verla, estaba aterrada. Entre sollozos, le narró que cuando empezó el bombardeo, dieron la orden de evacuación, y ella, inocente aún de lo que estaba pasando, corrió a recoger sus zapatos, eran los primeros que tenía en su vida, tomaron lo imprescindible, y se montaron en un camión que los trasladaría a Jagüey; en el camino fueron ametrallados; no dio tiempo a nada, mataron a su madre e hirieron a sus hermanos y a su abuelita, ni ella misma sabe cómo logró salvarse, «el cielo se convirtió en una bola de fuego –decía–, fue algo espantoso, terrible». Le contó que con el triunfo de la Revolución las cosas cambiaron para ellos, que estaban alegres, llenos de ilusiones y hasta le compraron los zapaticos blancos que tanto había soñado.

Naborí debía escribir la crónica que Celia en un principio le pidió. La escribió, pero en versos, es así como nace uno de los poemas épicos más conmovedores de la poesía revolucionaria: la «Elegía de los zapaticos blancos». Durante años conservó en su poder los zapaticos ametrallados como símbolo de la conmovedora historia, luego, los entregó al Museo de Playa Girón, donde se encuentran expuestos junto al texto del poema.

La «Elegía de los zapaticos blancos» se dio a conocer el día 19 de abril en la voz de Alicia Fernán en el noticiero Venceremos, que se trasmitía a la una de la tarde por la televisión cubana. En esta ocasión, Alicia entrevistó a la niña, que por orientación de Celia vino con Naborí para la Habana.

Siempre recuerdo el acto celebrado en Playa Larga en ocasión de cumplirse un aniversario más de la victoria de Girón. En la tribuna estaban todos los corresponsales de guerra que participaron en aquella contienda. Ya Naborí estaba ciego, pero cuando alguien le comentó que Nemesia había llegado, se paró emocionado y abrió los brazos, ella salió a su encuentro. El pueblo reunido allí ese día, fue testigo del abrazo entrañable entre el poeta y la eterna niña de los zapaticos blancos.
 
Una mañana… ¡qué gloria!
Nemesia salió cantando.
Llevaba en sus pies el triunfo
de sus zapaticos blancos.
Era la blanca derrota
de un pretérito descalzo.
¡Qué linda estaba el domingo
Nemesia con sus zapatos!
Pero el lunes despertó
bajo cien truenos de espanto.
Sobre su casa guajira
volaban furiosos pájaros.
Eran los aviones yanquis,
eran buitres mercenarios.
Nemesia vio caer muerta
a su madre; vio sangrando
a sus hermanitos; vio
un huracán de disparos
agujereando los lirios
de sus zapaticos blancos.
Gritaba trágicamente:
¡Malditos los mercenarios!
¡Ay, mis hermanos! ¡Ay, madre!
¡Ay, mis zapaticos blancos!
Acaso el monstruo se dijo:
si las madres están dando
hijos libres y valientes,
¡que mueran bajo el espanto
de mis bombas! ¡Quién ha visto
carboneros con zapatos!
Pero Nemesia no llora:
Sabe que los milicianos
rompieron a los traidores
que a su madre asesinaron.
Sabe que nada en el mundo
–Ni yanqui ni mercenario–
apagará en nuestra Patria
este sol que está brillando,
para que todas las niñas
¡tengan zapaticos blancos! 1

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Referencias 

1 Jesús Orta Ruiz: “Elegía de los zapaticos blancos” (fragmento), Breves
apuntes para la epopeya, ed. cit., p. 142.

 

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