Raúl, el líder que tiene siempre «el oído pegado a la tierra», que es decir permanecer atento a los humildes, el jefe que saluda a todos sus subordinados cada vez que llega a cualquier lugar, el General que no claudica. El 3 de junio cumplió 95 años, es un rebelde del tiempo, un guardián de nuestra memoria que sigue acompañándonos en la lucha, como mismo lo hizo Fidel.
Artículo publicado originalmente en el diario Juventud Rebelde.
Un fugaz soplo de viento pasó bajo su camisa refrescándole la piel. El muchacho de apenas 15 años, aún con las manos terrosas por las faenas de la cosecha y la sensación del sol intenso en las sienes, conversaba con los trabajadores de la finca, sentados unos en taburetes y otros recostados a troncos en el suelo, esparciendo todos los agotamientos de la mañana. Raúl era el cuarto hijo de Lina Ruz González y Ángel Castro Argiz, el español dueño de esas extensiones, no padecía las carencias de aquellos infelices, pero era uno más entre ellos cuando doblaba la espalda en los surcos o se ponía a escucharlos. Tenía —como su hermano Fidel— la capacidad de establecer vínculos con las personas de vivir modesto, marcadas por circunstancias desfavorecedoras, pero beligerantes y dueñas de la savia de sus años.
Les oía hablar de sus vidas, sus necesidades y su inconformidad ante la explotación a la que eran sometidas las tierras de la zona por compañías estadounidenses. La mirada de Raúl estaba cada vez más abierta a la realidad circundante, su oído más aguzado y su lengua más afilada; sin temores razonaba por qué esos recursos del país permanecían en manos extranjeras, por qué los cubanos no podían ser dueños de lo suyo, mandar en sus destinos: «(…) por el norte, la United Fruit Company; por el sur, Miranda Sugar Co; por Marcané, la Altagracia Sugar Co; y por la montaña, la Nickel Company (...) y en medio, un gallego; ¡pero qué carajo tenemos los cubanos aquí!».
Esos comentarios, lúcidos y punzantes entre aquella población de analfabetos, corrían de boca en boca hasta llegar a ser escuchados por don Ángel, quien, de postura conservadora y temeroso de huelgas e insubordinaciones, aseguraba: «Yo le rompo las costillas a este becerrito. Lo enviaré a La Habana con Fidel, pues si se queda aquí, crecerá un comunista».
Pero nada logra apagar la chispa enérgica de una idea justa; y en el jovencito de ojos achinados y pensamiento vibrante se fundían, indisolublemente, la sensibilidad aprendida bajo la techumbre de Birán, el propio sentir generoso de su padre, quien a golpe de sacrificios hizo su fortuna y a no pocas familias dio amparo en su hacienda, desde trabajo hasta la facilidad de obtener un vale o adelantar un pago; la bondad de su madre, quien no olvidó sus orígenes de campesina pobre en Guane, y regalaba ropas y zapatos a los pequeños del batey o asumía los gastos médicos de los enfermos; y la fibra de patriota, vital y precisa, que le latía con fuerza de corcel desbocado.
Así comenzó a fraguarse el temple de Raúl, con humanismo, rebeldía y criterio. En 1950 fue a vivir a La Habana junto a Fidel, y la influencia de su hermano, joven abogado defensor de los humildes, de la justicia, que denunciaba sin miedos la corrupción del Gobierno y tenía muy claro el país que debía construirse, lo marcó profundamente. «Cuando empecé a tener una conciencia revolucionaria, una concepción marxista, Raúl se adhirió como una esponja para pelear por ellas. A pesar de que tenía el mismo origen —quizá por eso—, él siguió las ideas. Fuimos dos, en el seno de una familia burguesa».
Por eso en 1952, cuando Batista golpeó el futuro de Cuba, Raúl entendió que luchar era el único camino, y a esa causa resolvió entregarse por completo. Fue él quien sostuvo la bandera en la primera fila de la manifestación el 6 de abril, la cual, con el simbólico entierro de la Carta Magna, protestaba contra los estatutos constitucionales del dictador. De esa imagen, el sabio historiador Eusebio Leal Spengler sentenciaría: «Es realmente el retrato temprano de lo que iba a ser su destino: le tocaría llevar la bandera, mucho más allá del tiempo».
Y en el paso vertiginoso y crucial de los años siguientes, el menor de los varones Castro Ruz demostraría de qué estaba hecho su espíritu. El amanecer del 26 de julio de 1953, en el Palacio de Justicia santiaguero disparó al enemigo por primera vez y en un acto de osadía y suspicacia desarmó a los guardias. Fue ese un momento definitivo, tremendo. Ya no era únicamente el hermano del líder del asalto, ni un combatiente más, había tomado decisiones medulares en esa acción, al salvar la vida de sus compañeros, estaba al mando de su grupo y ganaba, por derecho propio, su entrada a la historia. Después, su valor en el juicio, los aislamientos de la prisión en Isla de Pinos, las lejanías en México, el cruce temerario del Golfo en el Granma, y la verde serranía que lo esperaba.
A sus 26 años se crecía en las asperezas de una guerra tan necesaria como dolorosa. No olvidaría jamás Raúl las pérdidas, la valiosa juventud tajada, los muchachos que meses atrás entrenaban, reían a su lado, y después aparecerían cobardemente asesinados. El 29 de diciembre, en su diario se lamentaba de no tener alguna información sobre Ñico López, y el 5 de enero contaba que había pasado la noche soñando con él: «(…) habíamos robado una bandera cubana de la puerta de una iglesia, nos detuvo una patrulla de soldados cubanos que estaban cerca y persiguiéndonos, y al vernos detenidos nos consideramos fusilados; por suerte para nosotros, con esa maravilla de los sueños, los cubanos se tornaron en soldados mexicanos y con estos resolvimos el problema regalándole una pistola al capitán (…)».
Esa visión, al parecer, fue augurio del desenlace, pues al día siguiente supo la noticia de que a Ñico una bala de avión le había atravesado la nuca; «todavía yo me resisto a creer esto, aunque el que manda el informe asegura haberlos visto muertos». No obstante, lo más perturbador fue conocer que «en el cementerio de Niquero, enterraron a uno que era tan grande que tuvieron que zafar la caja en la parte de los pies, pues no cabía completo en ella; si desgraciadamente esto es cierto, probablemente Ñico ha muerto».
En medio de la confusión y la incertidumbre, eso era lo que llegaba a sus oídos, pero Ñico fue asesinado semanas antes, el 8 de diciembre, junto a cuatro expedicionarios más en la Boca del río Toro. Raúl sintió entonces la misma angustia que cuando supo de la muerte en el Moncada de José Luis Tassende, el amigo bueno que le encomendó a su hijita si algo llegara a ocurrirle; y por la que Raúl ha velado toda la vida. El 28 de enero de 1960 el Moncada se convertiría en el Centro Escolar 26 de Julio, allí estaba él con la niña de ocho años, y ante los muros donde corrió la sangre generosa de su padre, la levantó en brazos, emocionado, y le dijo: «Temita, contempla la obra de tu padre». Hoy, en su despacho aún están la foto de José Luis ensangrentado, horas antes de ser ultimado; y la de Ñico en México, poco antes de zarpar, como símbolos inquebrantables de fidelidad y tributo eterno.
Coraje a pecho descubierto
Raúl es un ser de lealtades poderosas, honda sensibilidad, y poco a poco, al fragor de las balas se fue convirtiendo en un jefe rebelde cuya estatura moral era tan alta como las mismas alturas que los resguardaban. Desde el inicio de la lucha puso por encima de todo los intereses de su Patria, aun sabiendo que esa decisión provocaría desgarraduras a sus familiares más amados. No hay mejor ejemplo que verlo allí, tras las rejas de la prisión de Boniato en 1953, frente a su madre afligida, y después leer la carta que le escribiría, el 18 de septiembre de 1953:
«Nos encontramos y apenas nos hablamos, nos separaba una reja de gruesos barrotes que apenas nos dejó besar y solo cruzamos algunas palabras referentes a la salud de mi padre, nada más hablamos, para las miradas intrusas aquello fue solo un momento emocionante, pero solo usted y yo comprendimos su grandeza. Sin hablar nos entendimos y con la mirada nos contamos, en un instante nuestras vidas: usted me vio nacer, colorado y gritón; luego dando los primeros pasos, cuando me dormía en cualquier lugar; más tarde juguetón y travieso, escondiéndome en escaparates y baúles, y finalmente me vería sentado en las escaleras de un colegio, llorando con la cara entre mis manos, porque era la primera vez que nos separábamos, apenas contaba con cinco años de edad. Igualmente, yo la vi a usted: trabajando igual que cuando la conocí, privándose de todo por satisfacer las necesidades y caprichos de los demás; la vi preocupada como cuando no podía complacerme en alguna de mis peticiones y la vi caminando como siempre incansable de un lado a otro, hablando en tono enérgico, y con palabra franca… y ahora frente a mí la tenía, hablando poco y en voz baja, con dos lágrimas aflorándole a los ojos y en la garganta un nudo. Y en aquel instante odié, maldije y amé. Odié las miserias humanas, maldije la desgracia de mi patria y la amé a usted más que nunca porque en ese instante vi reflejado en su rostro el dolor de todas las madres de mis compañeros muertos».
Así, en medio de una guerra encarnizada contra ellos, Raúl, el alumno más aventajado de la escuela de Fidel, intérprete diestro de sus modos de actuar y de su pensamiento, trató con consideración a los prisioneros que horas atrás les disparaban, sintió el dolor de los campesinos bajo la metralla y se estremeció ante lo que calificó como «el más triste espectáculo que veíamos, peor incluso que las evacuaciones de campesinos en medio de los gritos y lamento de las mujeres, era el de los niños despavoridos corriendo en todas direcciones en medio de cada bombardeo, y la tarea de recogerlos extremadamente excitados, y dando gritos con todas sus fuerzas después de alejarse los aviones».
Sacrificios, plomo, coraje a pecho descubierto, hasta que los cielos se despejaron de bombas y los albores de enero de 1959 trajeron la ansiada libertad. Entonces, a sus 27 años, enfrentaba junto a su hermano y a un pueblo digno, la misión monumental de fundar una nación nueva. Fue un parteaguas en la historia, y ellos calzaron desde ese día sus botas guerrilleras para siempre y dieron de la piel hasta el último átomo en las batallas por Cuba.
La ternura del General
Intensos fueron los días y largas las noches de trabajo durante décadas. Raúl ha vivido los oleajes de una Isla en Revolución, asediada y firme, sostenida por el empuje y la fortaleza de hombres como Fidel y como él; dos gigantes impulsando a generaciones de cubanos acostumbradas a la grandeza y sensibilidad de sus líderes.
Muchos son los momentos en que Raúl abrazó con ternura a su pueblo. En las primeras semanas de enero de 1959, la revista Bohemia publicaba para la posteridad: «Desde que Raúl Castro apareció en las calles de Santiago con su simpática figura y su reducida guardia personal, se ganó la admiración de los mayores y el cariño de los niños. Las dos ocasiones en que vimos al líder de la Sierra Cristal en lugares públicos, se veía rodeado de “fiñes” de todos los tamaños. El jefe militar de Oriente se limitó —en una de las ocasiones— a dejarse abrazar por los chiquillos y murmurar: “Siempre estoy rodeado de niños”».
Así lo vimos en las fiestas de 15 años de los alumnos de la escuela Solidaridad con Panamá, inaugurada por el Comandante en Jefe el 31 de diciembre de 1989. Niños que la naturaleza hizo aún más especiales y que la Revolución acogió con cariño y entrega infinita. Y Raúl allí, entre todos ellos, preguntándoles por sus estudios, elogiando la letra que con el lápiz en los labios pudo perfilar una niña, cargando en sus brazos a otra pequeña, estrechándola suavemente contra su pecho, conversando con los familiares, con los maestros, y confesando sus sentimientos, como hizo en abril de 2018: «Estoy muy emocionado. Cuando veo cosas así admiro más a Fidel, que en 1989, año muy difícil para nuestro país, fundó esta escuela, cuando no sabíamos ni cómo íbamos a subsistir. Por escuelas como estas estamos dispuestos a darlo todo».
Era ya el General de cuatro estrellas sobre los hombros, decenas de batallas dadas y vencidas, curtido por el tiempo y la intensidad de los vivido, pero en el fondo de sus ojos, el mismo jefe joven del Segundo Frente que con afecto posaba para una fotografía en la Sierra junto al niño Pedrito Pérez, hijo de un colaborador del Ejército Rebelde, o ahijaba a muchos de los recién nacidos en la montaña.
Por eso lo vimos también como un muchacho más, en diciembre de 2017, sentado junto a jóvenes beneficiados por el programa de implante coclear, una de las obras más humanas de la Revolución, el cual permite a personas con sordera profunda percibir sonidos, y por tanto los ayuda a desarrollar el lenguaje. Así, con espontaneidad y confianza, les contó anécdotas, se interesó por sus estudios, sus vidas, y los condujo por los rincones sagrados del Cementerio de Santa Ifigenia. El sitio donde reposa Mariana, la brava madre de los Maceo; Martí, el apóstol que nos ilumina; algunos de sus compañeros de lucha como Frank y Josué País; su hermano de sangre, de luchas e ideas, Fidel...
Grande siempre ha sido su interés por que la memoria de su tierra perdure en el alma de quienes la habitarán y defenderán las próximas décadas, para que no se olviden nuestros muertos. Por eso vela por que los mausoleos guarden a sus mártires, que se les honre, y él, especialmente, les rinde honores. Lo vimos en los funerales del general de División de la reserva Leonardo Andollo Valdés, el líder enorme, con sencillez y humildad admirables, se sentó en una sillita durante largo rato a conversar con sus familiares, a compartir con ellos el sufrimiento y recordar al héroe fallecido.
Asimismo, su carácter sensible se mostró ante todos el 4 de diciembre de 2016, cuando en la entraña abierta de la piedra de Santiago, colocó las cenizas tan queridas de Fidel. Ese día, Cuba entera lo vio ponerlas y después bajar los brazos, pero otra vez subirlos y tocar el cedro quemante que las resguarda, porque ese tibio roce de su piel con la madera, significaba abrazar de nuevo a su hermano del alma.
Son instantes en los que el hombre, el guerrero, el vencedor de tanta vida y combates, desnuda su pecho y deja al aire el corazón, solitario, sin corazas, entregado al sentimiento, al dolor por unos segundos, antes de volver a su lugar entre impulsos de sangre y seguir haciendo por los que ya no están; pues la vida, por ser él de los hermanos más jóvenes, y por su fortaleza física y espiritual, le reservó a Raúl el duro compromiso de las despedidas y salvaguardas.
Les correspondió también a sus manos sostener por última vez a Vilma, quien nunca dejó de ser para él la novia dulce y temeraria de la cual se enamoró entre los follajes del Segundo Frente. Ese día, antes de soltarla después de vivir casi medio siglo junto a ella, besó la urna de madera preciosa con sus cenizas. Fue un beso sentido, perdurable, triunfador contra la ausencia.
Así es Raúl, de acero templado frente al enemigo, y de suave tacto de cara a su amor por Vilma, por Fidel, por la historia y por su pueblo. Cómo no recordarlo en su puesto de eterno Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, atento a que cada fusil estuviese listo para defender a Cuba, y contribuyendo con la disciplina e ingenio de sus soldados al avance del país; o preocupado siempre por su gente durante sus años como Primer y Segundo Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.
No pocos lo recuerdan en Santiago, adonde se dirigió antes del paso del huracán Matthew en 2016, porque allí, entre los que sufrirían el impacto de las ráfagas de viento y lluvia, debía estar él, y visitó el hospital Mariana Grajales, conversó con los pacientes, y salió a hablarles a los que llenaron las calles al saber de su presencia. Después de la embestida del ciclón, para estar cerca de los suyos, valorar lo perdido y trazar el mapa de la recuperación, llegó a Baracoa, y en una orilla del puente derribado sobre el río Toa, escuchó a la gente, y en el malecón, saludó a cientos de guantanameros, les dio la mano, les transmitió confianza y les aseguró: «Verdad que con el espíritu de ustedes no hay quien pueda».
Cátedra para estudios significa también todo lo que hizo Raúl con sus modos de dirigir la política exterior cubana, aquellos años en que bajo su liderazgo América Latina fue declarada zona de paz, los acercamientos con la administración estadounidense de Barack Obama, o el día luminoso en que cumplió la palabra de Fidel: ¡Volverán!, y Gerardo, René, Antonio, Ramón y Fernando se reunieron en su Isla.
Ese es Raúl, el hombre que se conmueve ante el dolor de los otros, el más fiel compañero de Fidel, el que ganó sus grados a golpe de sacrificios, valentía y audacia, sin distinciones por la cuna en común, más bien tuvo más altos compromisos por ello, y desde su puesto imprescindible solo aspiró a ser útil y servir a su tierra.
Raúl, el líder que tiene siempre «el oído pegado a la tierra», que es decir permanecer atento a los humildes, el jefe que saluda a todos sus subordinados cada vez que llega a cualquier lugar, el General que no claudica. Hace un par de meses, cuando Cuba estremecida recibió el valor de sus 32 hijos caídos en combate contra el imperialismo en Venezuela, allí estuvo para rendirles tributo. El 3 de junio cumplió 95 años, es un rebelde del tiempo, un guardián de nuestra memoria que sigue acompañándonos en la lucha, como mismo lo hizo Fidel.